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julio 04, 2009

Cristianos para el estadio .

Por: Luis Cino.*
El gobierno cubano, o lo que es igual, una de las organizaciones que le sirven con celo literalmente religioso, quiere reunir a miles de cristianos en un estadio al oeste de La Habana. No hay que asustarse, no se los van a tirar los leones. Sólo pretenden que patenticen una vez más, entre ruegos y oraciones, su lealtad y apoyo al régimen.
Marcial Hernández, presidente del Consejo de Iglesias de Cuba, anunció que se proponen conmemorar el 20 de julio con un oficio religioso evangélico en el estadio Pedro Marrero, de Marianao, los 10 años del efectuado a bombo y platillo en la Plaza de la Revolución en 1999.
Puede que asistan algunos pejes gordos que consultarán el reloj para saber cuánto les falta de tormento antes de regresar a sus privilegios y sus residencias con aire acondicionado.
Por supuesto, no faltarán en la tribuna (sería impensable) los pastores Raúl Suárez y Odén Marichal. Conducirán al rebaño sumiso en una liturgia tan disciplinada como la del Partido Comunista para orar por el fin del diabólico bloqueo yanqui, culpable de todos nuestros males, y por la salud del jefe. El tiempo que les quede libre, si es posible (como en el bolero) lo dedicarán a alabar al Señor (al de más arriba). ¡Selah!
En esta ocasión, el acto será más modesto que el de julio de 1999, no sólo por el lugar escogido, sino por la cantidad de fieles que se espera que asistan. Según Hernández, deberán acudir entre 7 mil y 20 mil personas. En varias provincias realizarán actos similares para ahorrar el combustible que implicaría transportar a los creyentes a la capital.
Pese al optimista ecumenismo de Marcial Hernández, que invitó al acto “también a los católicos y a todo el pueblo”, no creo que acudan más fieles de los oficialmente convocados.
Ciertamente, no asistirán aquellos como Ernesto Cutiño a los que niegan el permiso para abrir casas de culto, los pastores contestatarios represaliados, los disidentes expulsados de sus templos (como Aníbal Alemán) por ministros miedosos, ni los estudiantes a los que no permiten (a estas alturas) llevar al cuello un crucifijo.
No tengo que preguntar a Carlos Ojeda si irá. Es pentecostal, un hombre de trabajo, dedicado a su familia y temeroso de Dios, pero dejó de ir a su iglesia porque se unió a un partido opositor y el pastor, cuando lo supo, le pidió que no fuera más porque no quería tener problemas con el gobierno. Para colmo, a su hija de 11 años ha tenido que llevarla al siquiatra porque hace rechazo a la escuela. Se traumatizó porque una profesora se burló de ella y la insultó cuando le dijo que su religión no le permitía bailar. La maestra quiso obligarla a menearse con el reguetón en un acto político. Ahora la niña asiste a una escuela para niños con problemas de conducta.
El 20 de julio de 1999 muchos creyentes se marcharon de la Plaza antes de terminar el oficio religioso ante el cariz marcadamente político que tomó. Curados de espantos, puede que al nuevo guateque, convocado por pastores que sólo representan malamente al gobierno, no se tomen siquiera la molestia de asistir.
No obstante, el estadio Pedro Marrero es acondicionado de prisa para el evento por acólitos del Consejo de Iglesias que realizan trabajo voluntario. Total, ¿qué tiene de malo que los cristianos hagan trabajo rojo si hasta la British Airways, ahora que está en crisis, convoca a sus trabajadores a hacer trabajo voluntario?
*Periodista independiente cubano. E-mail:
luicino2004@yahoo.com

diciembre 15, 2008

Un beato cubano en la antesala de la santidad, a quien encomendarse en medio de tanto desastre.

CREER.
Por: Luís Cino.*

Arroyo Naranjo, La Habana, Cuba, diciembre 11 de 2008 (SDP).- Muchas veces, de joven, dudé antes de franquear el umbral de una iglesia. Hoy lo lamento por las veces que, necesitándolo mucho, me quedé con las ganas de rezar en la paz de la casa de Dios. También me avergüenza alguna vez que no me atreví a entrar, durante un entierro, en la capilla del cementerio. Había uniformados y militantes del Partido Comunista que se apartaban y observaban huraños a los que entraban. Uno no sabía cual de ellos podía hablar de más, pero era probable que alguien hablara y perjudicara tu futuro.
Creer en Dios, los santos o cualquier ente “sobrenatural” era cosa de gente atrasada, un rezago del decadente pasado burgués, nos decían. “La religión es el opio de los pueblos”, proclamaban los carteles del marxismo-leninismo que llegaba arrollador. Se suponía que un joven nacido con la revolución, respondiera plenamente a los preceptos del materialismo histórico. De no ser así, se arriesgaba. Las mejores carreras estaban expresamente vedadas a los creyentes. En definitiva, la universidad era (y aún es) para los revolucionarios.
La niñez y adolescencia de mi generación discurrió en un paisaje de iglesias cerradas y curas desterrados. A la puerta de los templos, los fieles eran vigilados por los milicianos y apedreados por las turbas que les gritaban bitongos y calambucos. En las casas, escondían los santos, las vírgenes y los cuadros del Sagrado Corazón de Jesús. Los collares y los elegguás fueron a dar al fondo de los closets y los escaparates. Los números de la revista Atalaya de los Testigos de Jehová circulaban con tanto sigilo como si fueran panfletos subversivos.
Recuerdo, allá por 1961, las dos versiones, la católica y la comunista, de las pegatinas con el rostro de un niño en los parabrisas traseros de muchos carros de la ciudad. Un letrero advertía que dependía de ti que el muchacho fuera católico o ateo. No dejaban otra opción: se era gusano o ñángara.
Todo era chocante y confuso. Mi padre era comunista, se enorgullecía de haberlo sido durante el régimen de Batista y de haber ido a la cárcel por serlo, pero estaba casado por la iglesia y sus hijos habíamos sido bautizados. En materia de religión, papá prefería no opinar. Mi abuela, que se negó rotundamente a ocultar sus santos, se alegraba de ello. Pero mis hermanos, que estudiaron en colegios católicos de pago, desde los tiempos de la Alfabetización hasta ahora mismo se proclaman ateos convencidos.
En mi caso, empecé a creer por la influencia de mi abuela. En voz baja, pedía a Dios aprobar los exámenes, crecer unos centímetros más y que no descubrieran mis escapadas para ir a nadar. Oculté que creía hasta que un día, frente a una planilla (“cuéntame tu vida” las llamaban) que indagaba si tenía alguna creencia religiosa, me cansé de negar a Dios. A partir de ahí, mis problemas con la Revolución, agravados por el diversionismo ideológico del que me culpaban, empeoraron drásticamente. No me pesó. Era mucho peor cargar indefinidamente con el miedo y la vergüenza.
En realidad, no soy un católico practicante. Sencillamente, creo. Como decimos por acá, “a mi manera”, que es el modo de creer de casi todos los cubanos (por ejemplo, tengo un amigo que dice que no cree en Dios, pero le tiene miedo). Ahora que está permitido creer y es de buen gusto ir a misa, vuelvo a dudar antes de entrar en un templo. No es que tema que me vean, sino que evito tener el disgusto de tropezarme allí con alguno de los mandarines. Ahora son devotos y buscan alianzas hasta con San Fang Cong.
Todo puede ser. Ya los creyentes militan en el Partido Único. Después de la visita del Papa, autorizaron la Navidad. A fines de los 90, hubo en la Plaza de la Revolución un aquelarre evangélico organizado por los pastores del Consejo de Iglesias que aplauden y di-putean en la Asamblea Nacional. El cardenal Jaime Ortega oró por la salud del Máximo Líder y los babalaos, entre rezos y toques de tambor por el Comandante, plantaron una ceiba en un parque de Bahía.
Quedé en espera de que el general Raúl Castro se persignara en la catedral ortodoxa de La Habana. Antes que él, el presidente ruso Medvedev encendió una vela y se persignó. El general-presidente también prendió un cirio, pero no se persignó. No hay que exagerar.
Días después, el Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros asistió respetuoso a la ceremonia de beatificación del Padre Olayo, en Camaguey. Un buen gesto, otro más, ahora que las relaciones Iglesia-Estado van viento en popa. Sólo que temo que los gestos no nos devolverán las veces que no pudimos orar en las iglesias, los niños que no se pudieron bautizar y las navidades que no pudimos celebrar.
No está mal que haya, además de la Virgen del Cobre, un beato cubano en la antesala de la santidad a quien encomendarse en medio de tanto desastre. Esperemos que el próximo beato, recomendado por el cardenal Ortega, el Consejo de Iglesias o la Oficina de Asuntos Religiosos del Comité Central del Partido Comunista, no sea un capellán de sotana verde olivo.
*Periodista independiente cubano. Semanario Digital Primavera. E-mail: luicino2004@yahoo.com
Foto: Coge tu “Guamá”.

abril 22, 2008

Ella teme al Señor y al Rey.

Nota del Editor: Incluimos este excelente artículo del periodista independiente Luis Cino, en nuestro Blog. Refleja lo paradójico de la religiosidad del cubano. La intemperancia de sus ideas a tono con la religiosidad que profese. Su confusión y miedo. Los cubanos más que en Dios, creen en el Miedo. Aquí el artículo:
Ella teme al Señor y al Rey.
Por: Luis Cino.

LA HABANA, Cuba, abril 2008 - Me tropecé a Teresa de Jesús, desaliñada y prematuramente vieja, un amanecer, en la barriada de Lawton. Al borde de un basurero, con desesperanzada ternura, daba de comer a dos famélicos gatos callejeros.
Trabajamos juntos en una empresa que reparaba edificios y solares en el municipio 10 de Octubre. Ella en la administración; yo, castigado por años al cemento, los ladrillos y el hormigón. Los dos éramos muy jóvenes.
No la veía hacía más de 25 años. Desde el primer momento supe que el encuentro me deprimiría.
Me preguntó por María Luisa, que entonces era mi novia. Trabajaban juntas en la misma oficina. Eran amigas. Lloró cuando supo que murió hace 16 años en un accidente. La atropelló un camión en la Autopista Nacional. Para entonces, se había casado con otro, era el período especial y regresaba en bicicleta del campo a Luyanó, de buscar comida para sus hijas. Aún no había cumplido los 30.
Me dijo que era la voluntad del Señor y pareció más consolada. O al menos, trató de parecerlo. No me convenció. Tampoco me convencía en los 80 cuando hablaba en las asambleas de metas, emulaciones y compromisos con el Partido. Nunca me creí que una católica –porque lo era, aunque lo ocultaba por razones obvias- con semejante nombre, pudiera ser comunista.
Tratamos de ponernos al día con nuestras vidas y hablar de algo más agradable. Me dijo que ya no era católica. Se unió a una iglesia evangélica. Las vicisitudes del Período Especial necesitaban una fe más espectacular. El Espíritu Santo descendió sobre ella como un rayo. Ahora, aunque no lo aparenta, dice sentirse en paz y feliz.
-¿Y tú que haces? ¿A qué te dedicas?- me preguntó.
Cuando le dije que era periodista independiente desde 1998, no me dio tiempo a lamentar haberlo dicho. Palideció. El terror se reflejó en su rostro como si viera a Satanás con cuernos y peste a azufre.
Mientras empezaba a chillar, pensé que algo le quedaba aún de sus años de funcionaria sin carné partidista. O que ponía demasiado asunto a los caballeros y las damas de las mesas redondas. Pero no. Lo que le molestó era que, según ella, desafiara al gobierno. Porque los gobiernos, me dijo, los pone Dios y sólo él los puede quitar. Los hombres sólo tenemos (es nuestra obligación) que obedecer a los reyes, acatar su ley y alabar a Dios.
Me llamó soberbio cuando le respondí que yo no desafiaba a nadie, sólo escribía lo que pensaba. Traté de explicarle que me cansé de tanto obedecer, aguantar órdenes y estar contra la pared. Mientras le doy a Dios, lo que es de Dios y al César lo que es del César. A cada uno lo suyo, según mis posibilidades.
Además, le dije: Con tantas cosas en las que has creído, ¿quién me asegura que ahora sí tienes la verdad absoluta y que la próxima vez que te vea, al paso que te lleva la vida, no creas en el budismo zen, la regla de Ocha o ya en democracia, te hayas afiliado al Partido de los Verdes?
Me deseó que Dios me perdonara por mi soberbia y por cuanto había cambiado en estos años. Luego me preguntó: ¿Eres feliz así? ¿No tienes miedo de ir preso?
Le respondí que no estoy loco ni soy masoquista. No quiero ir a prisión. No tengo nada que ver con los héroes. Como cualquiera, a veces siento miedo. No soy feliz, pero no extraño el tiempo en que sólo me daban trabajo en la construcción, no podía escribir lo que sentía y era novio de una muchacha de mirada triste que salía al campo en bicicleta a buscar comida para sus hijas…
Cuando nos despedimos me dijo que oraría por mí. Pensé que sería para que no me mandaran a la cárcel. Me dijo que no, que era para que el Señor me abriera la mente y entrara en mi corazón. Bastante falta me hace.
Cuando me alejé, Teresa de Jesús siguió dando de comer a los gatos. En su cara, además de la tristeza, se reflejaba el miedo. No sé, no estoy seguro si al Señor o al Rey.