Por Eloy A González.
En el escenario postcomunista que comienza a perfilarse,
la disputa por los símbolos religiosos de la nación cubana revela tensiones
profundas entre tradición, identidad y poder sociopolítico. La centralidad
histórica de la Virgen de la Caridad del Cobre —convertida en emblema nacional
desde inicios del siglo XX— enfrenta hoy un desafío estructural: el ascenso
sostenido del protestantismo independiente y la consolidación de corrientes
evangélicas con fuerte capacidad de movilización social.
Asociar el futuro nacional exclusivamente a un símbolo
católico no solo desconoce la recomposición del campo religioso en la isla;
también produce exclusiones que afectan a sectores juveniles, fundamentalistas
y comunitarios que ya no se reconocen en un imaginario nacional construido
desde un único altar. En la Cuba que emerge, la reconstrucción de la identidad
colectiva exigirá un marco plural, donde la devoción mariana deberá coexistir,
negociar y compartir legitimidad con las nuevas formas de militancia religiosa
que disputan, desde abajo, la definición misma de nación.
Relacionar el futuro de Cuba exclusivamente a la Virgen
de la Caridad del Cobre, genera fricciones y divisiones. Este enfoque ignora el
crecimiento del movimiento evangélico en la isla. Para las líneas
fundamentalistas y gran parte de la juventud evangélica-protestante, utilizar
una figura católica como emblema sociopolítico los excluye de la identidad
nacional.
El paisaje religioso cubano es diverso. El protestantismo
y las congregaciones no católicas tienen una presencia histórica y un peso
demográfico significativo. Al utilizar símbolos marianos (o el sincretismo
católico-yoruba) como representación unívoca de "lo cubano", tienen
lugar manifestaciones patentes, equívocas y contraproducentes.
La exclusión teológica, donde, las denominaciones
evangélicas, especialmente las de corte conservador o fundamentalista, rechazan
la veneración de imágenes. Por tanto, no pueden identificarse con la Virgen ni
reconocerla como un punto de encuentro para el país. Dentro de estas
denominaciones hay una visión de la juventud; porque muchos jóvenes
evangélicos, imbuidos en corrientes teológicas renovadoras, cuestionan la idea
de que la identidad y la reconstrucción de Cuba deban cimentarse sobre el
catolicismo popular.
Hay un creciente rol de la juventud y el activismo social
en el cual, los jóvenes evangélicos impulsan proyectos de ayuda comunitaria
basados en la solidaridad y espacios de Fe alternativos donde la música, la
tecnología y el debate prevalecen.
Es una línea apegada al fundamentalismo cristiano y
conservador. Se asume la restauración moral de la sociedad y el retorno a los
valores bíblicos y la estructura familiar tradicional como base para sanar el
tejido social. Esta apunta a la corrupción rampante y defienden la honestidad
en el trabajo como motor del desarrollo económico. El concepto de Separación
Iglesia-Estado, será un desafío ante cualquier intento de fusionar la identidad
del país con una Fe única, exigiendo igualdad legal plena ante la ley cuando
será establecido un estado de derecho.
Hay una clara percepción en la comunidad religiosa evangélica
a exigir mayor libertad de culto, el derecho a abrir escuelas religiosas y el
acceso sin censura a los medios de comunicación masivos. Defienden una Cuba
futura donde el debate público sea secular, garantizando que ninguna
denominación religiosa domine el marco político nacional.
Las Iglesias Tradicionales (Bautistas, Metodistas,
Presbiterianas) utilizan sus estructuras históricas e internacionales para
rechazar las leyes represivas del régimen de forma oficial. Sus líderes suelen
firmar cartas pastorales públicas exigiendo la liberación de presos políticos y
una transición democrática. Conciben la
caída de la dictadura como un proceso ordenado. Se preparan para restablecer el
tejido social mediante la educación civil, escuelas cristianas y la mediación
política basada en el respeto constitucional.
Estas iglesias tradicionales y las no tradicionales del pentecostalismo
cubano; sufren una división crítica entre cúpulas infiltradas o cooptadas por
el oficialista Consejo de Iglesias de Cuba (CIC), y pastores de base que sufren acoso y cárcel
por apoyar activamente el descontento popular.
Los Movimientos Pentecostales y Apostólicos (Asambleas de
Dios, Ministerios Independientes), al no estar atados a estructura históricas
ni, en muchos casos, a registros legales, muestran menor temor a la Seguridad
del Estado. Ante cancelaciones del régimen, mueven de forma los cultos a la vía
pública, o se hacen más reservados, convirtiéndose en catalizadores de
desobediencia civil espontánea (como los sucesos represivos a un evento
religioso (septiembre de 2025) en Santiago de Cuba.
Debido a su crecimiento explosivo, controlan redes
informales de ayuda económica y comunitaria que sustituyen por completo al
quebrado Estado cubano. En un escenario de caos por derrocamiento, estas redes
serán las únicas capaces de contener crisis humanitarias en barrios marginales.
En este escenario popular , su narrativa no es de reforma, sino de combate
espiritual contra el comunismo, al que catalogan abiertamente como una fuerza
demoníaca. Su teología empuja a la acción inmediata de la juventud y promueve
un cambio de régimen total, frontal y sin concesiones.
En la Cuba que agoniza bajo su peor crisis histórica, la
religión ya no es solo un refugio espiritual, sino el campo de batalla donde se
disputa el alma de la transición. La inminencia de un cambio de régimen y el
colapso definitivo del comunismo pueden poner frente a frente dos visiones de
nación irreconciliables, encarnadas en la simbología católica tradicional y la
fisonomía del protestantismo cubano actual.
La Virgen de la Caridad del Cobre ha sido,
históricamente, el mayor factor de unidad e identidad del pueblo cubano,
unificando razas y clases bajo la promesa de protección mutua. Sin embargo, la
realidad actual ha fisurado este símbolo. La jerarquía de la Iglesia Católica
es percibida por amplios sectores como excesivamente cautelosa o cómplice,
buscando una "transición pactada" que evite el estallido, lo que ha
desgastado el poder de convocatoria de la Virgen como catalizador de rebelión.
Es pues un símbolo fragmentado; mientras las madres de los presos políticos y
los activistas marchan con la estampa de la Virgen exigiendo libertad, el
régimen intenta vaciarla de contenido político para evitar que se convierta en la
bandera de un posible estallido social.
Frente al ritualismo católico, el protestantismo o los
evangélicos carismático o no —especialmente el movimiento pentecostal y
apostólico— opera con fuerza en los barrios más olvidados de la isla. Estos, al
rechazar el culto a las imágenes (incluida la Virgen), proponen una Cuba que no
dependa de mitos históricos, sino de una profunda reforma moral e institucional
individual.
Mientras la dictadura se desmorona y pierde la capacidad
de alimentar a la población, las iglesias protestantes se han convertido en
microestados de facto. Reparten medicinas, comida y apoyo financiero del exilio
de manera independiente, ganándose la lealtad de las masas. Mientras que, a diferencia
de las cúpulas católicas, los pastores evangélicos de base sufren directamente
la persecución callejera y la cárcel. Su discurso no habla de reconciliación
pacífica con los opresores, sino de un combate frontal contra una dictadura que
califican de "fuerza demoníaca".
Hay una realidad inminente del cambio y ante este
escenario, el de un derrocamiento o colapso de la dictadura, la fractura entre
estos dos mundos religiosos definirá el futuro inmediato de Cuba. Puede ocurrir
que, la Fe mariana y la estructura católica buscarán ser el puente institucional
para evitar el caos, la venganza civil y articular un regreso ordenado a la
democracia legal. Se argumenta sin mucha solidez que , los movimientos
evangélicos – en cambio- serán los verdaderos dueños de la calle en el día después.
Su capacidad para movilizar a miles de jóvenes y su control sobre las redes de
ayuda humanitaria los convertirán en actores políticos indispensables para
contener el estallido social en las zonas marginales.
Asociar el futuro nacional exclusivamente a la Virgen de
la Caridad del Cobre genera fricciones y divisiones. Este enfoque ignora el
crecimiento del movimiento evangélico en la isla. Para las líneas
fundamentalistas y gran parte de la juventud protestante, utilizar una figura
católica como emblema sociopolítico los excluye de la identidad nacional
oficial.
En la Cuba que viene, la reconstrucción nacional ya no se
diseñará bajo el amparo exclusivo de una sola Fe. El fin del comunismo dará
paso a una nación plural, donde la identidad histórica de la Virgen tendrá que
coexistir y negociar el poder con el músculo social y la militancia radical del
protestantismo independiente.
Recopilación y Texto de Eloy A Gonzalez – Editor del Blog
Religión en Revolución-






