En el contexto actual en Cuba, al abordar temas como el
apoyo pastoral, la solidaridad cristiana y el papel de la Iglesia en
situaciones de injusticia, es importante recordar un acontecimiento crucial en
el que dicho apoyo brilló por su ausencia: el ayuno de Tamarindo 34, que tuvo
lugar en La Habana en 1999.
Presencié aquellos momentos de manera directa. Observé
las gestiones, ruegos y comunicaciones que los que estaban en ayuno realizaron
para recibir algún tipo de apoyo espiritual. Lo que sucedió —o más bien, lo que
no sucedió— pone en evidencia el ambiente religioso de aquel entonces y la
intensa soledad que rodeó aquella jornada de resistencia cívica.
La soledad
espiritual de Tamarindo 34
Durante los 40 días de ayuno y oración, encabezados por el Dr. Óscar Elías
Biscet, la casa de Tamarindo 34 se convirtió en un espacio de profunda
vulnerabilidad: vigilancia policial, hostigamiento, presión psicológica y un
deterioro físico evidente entre los participantes. En ese contexto, se esperaba
que las iglesias —católicas, evangélicas, protestantes históricas— ofrecieran
algún tipo de acompañamiento pastoral. Pero nadie llegó. Nadie cruzó el cerco
policial. Nadie se arriesgó a entrar.
El Padre Santiago Medina Salabarría, enfermero de profesión y sacerdote del
Catolicado Ortodoxo Romano Bizantino de Cuba, fue el único líder religioso que
rompió las barreras de la persecución para acompañar a los ayunantes. Su
iglesia —una vertiente independiente, con raíces en la tradición católica
primitiva y sin subordinación al Vaticano ni al régimen cubano— le permitió
actuar con libertad espiritual y valentía pastoral.
Su presencia fue decisiva atendió misas y servicios diarios dentro de la
casa y sostuvo la oración comunitaria y brindo consuelo sacramentan a los
ayunantes. No llegó para una foto ni para un gesto simbólico. Se quedó.
Acompañó. Sostuvo. Escuchó.
Al no estar bajo la Oficina de Asuntos Religiosos del Partido Comunista,
pudo ejercer un liderazgo espiritual sin pedir permiso político. Todo esto en
un país donde la mayoría de las denominaciones tradicionales optaban por la
prudencia —o por la obediencia tácita— Medina Salabarría encarnó la forma más
pura de acompañamiento pastoral: estar presente cuando nadie más se atreve.
Como consecuencias de su valentía, el régimen no perdonó su gesto. Desde
ese momento, Medina Salabarría fue tratado como opositor político y sufrió detenciones
y arrestos domiciliarios. Objeto de vigilancia constante ; fue encarcelado sin
juicio entre el 2005–2006.Fue objetos de amenazas directas para forzarlo al
exilio.
Su resistencia dentro de la prisión —negándose a vestir el uniforme de
preso común, denunciando la falta de libertad religiosa— lo convirtió en un
símbolo del liderazgo pastoral independiente en Cuba.
Tras su liberación, continuó acompañando a las Damas de Blanco, participó
en coaliciones cívicas y finalmente tuvo que abandonar el país para evitar un
nuevo encarcelamiento.
Por mucho tiempo as iglesias independientes en Cuba, fueron y sieguen
siendo , el otro rostro del cristianismo cubano.
El caso del Padre Medina Salabarría no fue aislado. A finales de los 90 y
durante los 2000, las denominaciones religiosas independientes —no registradas,
no subordinadas, no controladas por el Partido Comunista— se convirtieron en
espacios de: amparo espiritual, legitimación moral, resistencia civil,
acompañamiento a la disidencia.
Mientras las iglesias tradicionales buscaban preservar sus permisos y su
frágil legalidad, estas comunidades independientes: Oficiaban ayunos, vigilias
y cadenas de oración por los presos políticos.
Entraban a casas vigiladas para llevar Biblias, medicinas y consuelo
espiritual. Organizaban comités pastorales de apoyo que burlaban el cerco
policial. Sostenían la Fe de quienes no tenían otro refugio. Pero ese activismo
tuvo un costo: persecución, actos de repudio, amenazas de cárcel y exilio
forzado.
Lo que Tamarindo 34 revela hoy es que este evento fue en buena medida un
parteaguas. Mostró que la Iglesia institucional no estuvo presente. No
acompañó. No sostuvo. No protegió. Su silencio fue tan elocuente como su
ausencia.
El acompañamiento pastoral vino de un sacerdote independiente, sin
protección institucional, sin privilegios, sin permisos. La solidaridad
cristiana auténtica nace del riesgo, no de la comodidad. No se expresa en
comunicados, sino en presencia. No se mide por declaraciones, sino por
acompañamiento real.
La memoria de Tamarindo 34 obliga – sobre todo en estos momentos- a revisar
el papel de la Iglesia en Cuba. Obliga a
preguntarnos quién estuvo y quién no. Quién acompañó y quién prefirió callar.
Quién sostuvo la Fe y quién solo veló por sus relaciones con el Estado.
Una conclusión necesaria
Para quienes hoy hablan de acompañamiento pastoral y solidaridad cristiana,
Tamarindo 34 es un recordatorio imprescindible: Hubo un tiempo —no tan lejano—
en que la Iglesia cubana, en su mayoría, no acompañó a quienes sufrían por la
justicia. Y hubo un solo sacerdote que sí lo hizo. Un hombre que pagó con
cárcel, persecución y exilio su decisión de estar al lado de los vulnerables.
Recordar esto no es un ejercicio de nostalgia. Es un acto de verdad
histórica. Es una deuda con la memoria de los ayunantes. Y es una advertencia
para el presente: La Fe sin acompañamiento no es fe. La Iglesia sin riesgo no
es Iglesia. La solidaridad sin presencia no es solidaridad.
6 de octubre de 2026









