El caso de
Mica Miller nos recuerda que hay un llamado urgente para pastores, líderes,
consejeros, amigos, familiares y comunidades enteras: reconocer lo que ocurre a
puerta cerrada y responder con conocimiento, valentía y compasión. Una
respuesta informada puede ser, literalmente, la diferencia entre la vida y la
muerte.
Hasta que
la Iglesia no asuma esta responsabilidad —no solo pastoral, sino espiritual y
comunitaria— seguirá repitiendo silencios que hieren y omisiones que perpetúan
el abuso.
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