septiembre 04, 2026

LA MUERTE DE LA ESPOSA DEL PASTOR.

El caso de Mica Miller nos recuerda que hay un llamado urgente para pastores, líderes, consejeros, amigos, familiares y comunidades enteras: reconocer lo que ocurre a puerta cerrada y responder con conocimiento, valentía y compasión. Una respuesta informada puede ser, literalmente, la diferencia entre la vida y la muerte.


Pero hay una verdad que casi nunca se menciona y que pesa como una deuda moral: en la mayoría de las congregaciones no existe un acto de desagravio, reparación espiritual o reconocimiento público hacia las víctimas. Se acompaña el dolor, sí; se ora, sí; pero rara vez la comunidad se levanta para decir: “Fallamos. No escuchamos. No protegimos. No vimos lo que debimos ver.”

Hasta que la Iglesia no asuma esta responsabilidad —no solo pastoral, sino espiritual y comunitaria— seguirá repitiendo silencios que hieren y omisiones que perpetúan el abuso.


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