La pregunta parece inocente, casi amable: ¿Dios te acepta tal como eres?
La repetimos en conversaciones, la escuchamos en sermones suaves, la usamos
para tranquilizar a quienes llegan heridos a la fe. Pero cuando uno se detiene
a pensarla con seriedad, descubre que es una pregunta que puede engañar tanto
como consolar.
Jonathan Edwards, en aquel sermón que estremeció a Enfield en 1741, no
estaba intentando humillar a nadie. Era un hombre manso, dicen, un pastor de
voz tranquila. Sin embargo, cuando habló del destino del pecador, su lenguaje
se volvió tan crudo que la congregación comenzó a gritar, a llorar, a clamar.
No por teatralidad, sino porque Edwards les obligó a mirar algo que todos
preferimos evitar: la distancia entre la santidad de Dios y la condición
humana.
Hoy, si alguien leyera ese sermón en una iglesia, probablemente también
habría interrupciones. Pero no serían gritos de arrepentimiento, sino de
molestia. No sería horror ante el pecado, sino indignación ante el lenguaje.
Hemos perdido la capacidad de sentir lo que Edwards quería que sintiéramos: la
gravedad moral de existir ante un Dios santo.
Edwards decía que el pecador está suspendido sobre el infierno como una
araña sobre el fuego. No era una metáfora para humillar, sino para revelar. En
su visión, el pecado no es una debilidad simpática ni una sombra tolerable: es
una ruptura profunda con el Dios que es luz pura. Y si esa luz es real,
entonces también es real la imposibilidad de que el pecado conviva con ella sin
ser consumido.
Porque si Dios es verdaderamente santo, ¿cómo podría aceptar sin más
aquello que es contrario a su naturaleza? Y si nosotros somos verdaderamente
pecadores, ¿cómo podríamos presentarnos ante Él sin ser transformados?
La frase que tanto repetimos —“Dios te acepta tal como eres”— suena tierna,
pero es incompleta. Dios te recibe, sí, pero no porque seas aceptable, sino
porque Cristo te hace aceptable. Dios abre sus brazos, pero no para que
permanezcas igual, sino para que seas hecho nuevo. La aceptación sin cambio no
es gracia: es indiferencia. Y Dios no es indiferente.
La verdad es que el evangelio no comienza con un abrazo, sino con un
despertar.
·
No empieza diciendo “estás bien”, sino “estás perdido”.
·
No te dice “quédate como estás”, sino “levántate y anda”.
Edwards, con toda su dureza, estaba intentando salvar a su congregación de
una mentira que hoy repetimos con demasiada facilidad: la idea de que Dios es
tan amoroso que ya no es santo, tan comprensivo que ya no es justo, tan cercano
que ya no es majestuoso. Pero un Dios que acepta todo sin transformar nada no
es el Dios de la Biblia: es una versión domesticada para nuestra comodidad
espiritual.
Entonces, ¿Dios te acepta tal como eres?
La respuesta, narrada con honestidad, es esta: Dios te ama tal como eres,
pero no te acepta tal como eres.
·
Te ama en tu miseria, pero te acepta en Cristo.
·
Te recibe en tu pecado, pero te transforma en su gracia.
·
Te encuentra donde estás, pero no te deja allí.
La verdadera pregunta no es si Dios te acepta.
La verdadera pregunta es si tú estás dispuesto a ser transformado por el
Dios que te ama demasiado como para dejarte igual.
Eloy A González – Editor- Blog Religión en Revolución

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