LA HORA DECISIVA PARA CUBA
Carta abierta de un grupo de cristianos
cubanos
“Solo una religión anquilosada tiene entre sus ministros
y fieles, individuos que cantan la gloria de Dios en el cielo, mientras pasan
por alto las condiciones que hacen de la tierra un infierno para el hombre.” Martin Luther King
La Iglesia no está formada
únicamente por ministros ordenados, ni la Iglesia es solo su jerarquía
institucional. La Iglesia es también el conjunto de hombres y mujeres que,
desde su fe vivida en la sociedad, encarnan el Evangelio en medio de la
historia, llamados todos, como cuerpo visible de Cristo en la tierra, a
iluminar la realidad cotidiana con la verdad, la justicia y el amor al prójimo.
Como cristianos hemos sido
llamados a anunciar el evangelio y a acompañar al ser humano en sus horas de
dolor y en sus búsquedas más profundas de sentido, por lo tanto, no podemos
permanecer en silencio ante el sufrimiento de nuestra nación, sino que estamos
obligados moralmente a nombrar lo que vemos y a recordar la verdad sobre el ser
humano: toda persona posee una dignidad que no proviene del Estado, ni de la
historia, sino de haber sido creada a imagen de Dios.
Este texto no pretende
hablar en nombre de toda la Iglesia, sino expresar la reflexión y la conciencia
de un grupo de cristianos que, dentro y fuera de Cuba, desean acompañar el
sufrimiento y la esperanza de nuestro pueblo.
El pueblo cubano ha estado
viviendo en una tensión permanente entre la esperanza y la frustración. Hemos
sido testigos directos de familias divididas, jóvenes sin futuro, ancianos sin
alivio y ciudadanos privados de derechos fundamentales, así como el abuso de la
autoridad, la represión y graves violaciones, de las cuales muchos de nosotros
hemos sido objeto.
Es desgarradora la pobreza
extrema que asfixia a tantas familias en la isla, los largos apagones que sumen
al pueblo en la oscuridad y la miseria cotidiana que brota de estructuras
incapaces de sostener la vida dignamente, mientras que los dirigentes viven
vidas de lujo y alejados de todo el sacrificio que exigen.
Cuba ha vivido en los
últimos años la mayor ola migratoria de su historia. Muchos de quienes han
emigrado o se han visto forzados al exilio han sido privados de sus derechos
como ciudadanos, otros casos han sido impedidos de regresar al único país del
cual eran residentes y ciudadanos y otros, dentro de la isla, han sido
colocados en la categoría de “regulados”, lo que les impide salir del
país sin explicación pública ni garantías jurídicas claras, vulnerando también
su derecho fundamental a la libre movilidad.
En Cuba permanecen
encarcelados más de mil presos políticos por causas vinculadas al ejercicio de
derechos fundamentales como la libertad de expresión, de conciencia o de
participación cívica, junto a otras muchas personas que han sido detenidas o
sancionadas por causas injustas. Las detenciones arbitrarias, los procesos
judiciales sin suficientes garantías y las largas condenas han dejado una
profunda herida en numerosas familias.
A lo largo de estos últimos
67 años, los dictadores que detentan el poder en Cuba han sido requeridos para
escuchar el clamor de su propio pueblo y para abrir espacios reales de
participación, protección jurídica y pluralidad; pero nunca han escuchado ni
actuado.
La Biblia declara que “Cuando
los justos gobiernan, el pueblo se alegra. Pero cuando los perversos están en
el poder, el pueblo gime.” (Proverbios 29.2) y los dictadores cubanos han
sido perversos con el pueblo. Cuando las vías naturales de expresión y solución
de los problemas de un país se cierran, la historia demuestra que la solución
termina llegando por caminos más difíciles y menos deseables para todos.
Nosotros no estamos pidiendo
una concesión política, ni reformas dentro del sistema, sino que estamos
reclamando justicia, y un cambio que debería comenzar por la decisión de
marcharse y dejar el poder en favor de la libertad y de la transición democrática
inmediata. No nos anima la violencia ni la venganza, pero les recordamos que la
justicia transicional debe aplicarse sobre todos los que han participado en
actos represivos de cualquier naturaleza contra el pueblo.
Cuba necesitará sanar sus
heridas y reencontrarse consigo misma. La reconciliación de nuestro pueblo no
puede construirse sobre el olvido ni sobre la negación de la verdad, sino sobre
la justicia, la memoria y el respeto a la dignidad humana. Aspiramos a una
nación donde los cubanos, dentro y fuera de la isla, podamos volver a
reconocernos como hermanos y trabajar juntos por el bien común, reconstruyendo
una patria donde nadie sea excluido y donde la libertad y la dignidad de todos
sean finalmente respetadas.
Hoy hablamos también a
nuestra Iglesia en Cuba, porque nuestro lugar no puede estar fuera del dolor
del pueblo. Nuestra responsabilidad moral no es solo nombrar esta realidad como
lo que es, sino acompañar a nuestro pueblo en su anhelo de justicia, siendo luz
en medio de las tinieblas.
Durante todos estos años no
han faltado en la Iglesia cubana voces que, con fidelidad evangélica, han dado
testimonio de la verdad y han acompañado el dolor de nuestro pueblo, aun cuando
ello ha significado cierres de culto, demolición de templos, incomprensiones,
presiones, marginación, expulsión de carreras o trabajos, represión, cárcel,
expulsión del país y exilio.
La Iglesia cubana ha llevado
esperanza, ha ayudado en las necesidades materiales y ha atendido a personas
vulnerables. Reconocemos también el testimonio valiente que muchos pastores,
sacerdotes, religiosos y laicos han dado a lo largo de estos años, acompañando
al pueblo cubano en medio de grandes dificultades. Gracias a ese testimonio
perseverante la conciencia cristiana no ha sido apagada.
Cuando cualquiera de ellos,
desde su vocación y responsabilidad, ha alzado la voz por la verdad o ha
servido al pueblo que sufre, la Iglesia misma se hace visible y presente,
porque la Iglesia no es una realidad abstracta ni únicamente institucional, sino
el cuerpo de Cristo que camina en la historia a través del testimonio concreto
de sus hijos.
Pero también es cierto que
no siempre la Iglesia en Cuba ha alzado la voz con la claridad que el
sufrimiento de nuestro pueblo exigía, muchas veces el temor o la prudencia
excesiva han generado silencios interpretados consecuentemente como
indiferencia.
En las circunstancias
actuales que vive el pueblo cubano, el silencio institucional de la Iglesia es
injustificable. Una Iglesia que calla ante la injusticia para preservar
espacios, privilegios o tranquilidad institucional corre el riesgo de
convertirse en mera administración religiosa y deja de ser signo de esperanza
para su pueblo. La fe cristiana, cuando se vive con fidelidad al Evangelio,
muchas veces incomoda al poder, y ese riesgo forma parte del testimonio al que
estamos llamados.
El Evangelio nunca ha sido
neutral ante el sufrimiento humano. Cristo no bendijo el silencio ni la
prudencia que protege estructuras injustas. La Iglesia debe anunciar la verdad
de Dios sobre la dignidad humana, y denunciar las injusticias que destruyen esa
dignidad. Si la Iglesia no es voz para los que no tienen voz, terminará
hablando solo para sí misma y correrá el riesgo de olvidar una dimensión
esencial de su misión: su vocación profética. “Clama a voz en cuello, no te
detengas; alza tu voz como trompeta” (Isaías 58.1a)
La participación cívica del
cristiano no está reñida con su compromiso con el Reino de Dios, sino que es
una expresión concreta de su llamado a amar, hacer justicia y caminar en
verdad. Ser ciudadanos del Reino de Dios implica también ser ciudadanos activos
aquí y ahora, comprometidos con la justicia, la verdad y la compasión,
anunciando con acciones concretas que el Reino de Dios ya está entre nosotros.
Llega una hora en la vida de
los pueblos en la que el silencio deja de ser prudencia y se convierte en
complicidad. Hablar deja de ser una opción y pasa a ser un deber moral. Por
eso, en este tiempo recordamos a nuestra Iglesia en Cuba, la enseñanza apostólica
que atraviesa los siglos y juzga a toda autoridad humana: “Es necesario
obedecer a Dios antes que a los hombres.” (Hechos 5:29)
Agradecemos a gran parte de
la comunidad internacional por su apoyo solidario y les recordamos a otros que
no basta con observar desde la distancia, más bien les instamos a que no
ignoren el clamor de un pueblo que desea vivir con dignidad y libertad. Su
apoyo y su compromiso pueden contribuir a abrir caminos donde hoy solo hay
agotamiento histórico y pueden marcar la diferencia entre la desesperanza y el
renacer de una nación.
A nuestro pueblo le decimos
que el tiempo de la espera no puede ser infinito. Lograr los cambios implica
sacrificios, al decir del maestro y apóstol de nuestra patria José Martí: “La
libertad cuesta muy cara, y es necesario o resignarse a vivir sin ella, o
decidirse a comprarla por su precio.” Los cambios profundos no nacen de
decretos, sino de decisiones valientes que abren caminos nuevos. La libertad no
nace de la resignación ni del miedo, sino de la verdad vivida con valentía.
Toda sociedad llega a
momentos en los que debe elegir entre preservar estructuras agotadas o permitir
que la vida renazca. Hoy Cuba se encuentra ante uno de esos momentos. No
podemos delegar en otros lo que pertenece a nosotros como cubanos. Cada voz alzada,
cada gesto de verdad, cada acto de dignidad, cada protesta ante lo injusto y
cada paso hacia la justicia va reconstruyendo la nación. No podemos seguir
indiferentes ante los abusos y atropellos. ¡Es hora de caminar juntos, sin
miedo!
Oramos para que Dios conceda
a nuestra nación la valentía para provocar y vivir el cambio y a Su Iglesia la
libertad interior para hacer y ser, plenamente, lo que está llamada: anunciar
el evangelio transformador y ser sal, luz y esperanza para su pueblo. Desde
cada uno de nuestros lugares acompañamos al pueblo cubano, oramos por Cuba y
caminamos con ella. Creemos firmemente que ninguna noche histórica es
definitiva y que cada día el amanecer está más cerca.
Dios
bendiga a Cuba.
Cristianos cubanos
reclaman 'un cambio que debería comenzar por dejar el poder en favor de la
libertad' En una carta
abierta a firmas señalan que “los cambios profundos no nacen de
decretos, sino de decisiones valientes que abren caminos nuevos”.
Un grupo de diez
sacerdotes y religiosos cubanos, pertenecientes a distintas órdenes cristianas
tanto en Cuba como fuera de ella, hicieron un llamado para que haya cambio
político y señalaron que "el silencio institucional de la Iglesia es
injustificable" en el contexto actual. Se trata de una carta abierta,
titulada "La hora decisiva para Cuba", que está disponible para
recibir adhesiones y que suscriben a nivel individual. A pesar de que no firmo
castas abiertas, especialmente si aparecen en línea, a nivel individual sí lo
he hecho en esta iniciativa, con a nombre del blog Religión en Revolución.
Eloy
A González

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