Hermanos, hay una herida que duele más que cualquier otra porque ocurre en el lugar donde esperábamos ser sanados. La Iglesia nació para ser un refugio, el sitio donde el cansado encuentra descanso y el culpable halla misericordia. Pero, seamos honestos: a veces, quien entra arrastrando su apocamiento, lo que encuentra es el peso de una mirada de juicio en lugar del calor de un abrazo.
Se nos olvida pronto de dónde venimos. La Biblia es clara
en Corintios cuando nos dice: «Y esto erais algunos de vosotros».
Ninguno de nosotros cruzó esa puerta ya santificada. No llegamos aquí pulidos
ni perfectos; llegamos con cicatrices, con hábitos que nos rompían el alma y
con pecados que nos avergonzaban. La única diferencia entre el que está sentado
hoy aquí y el que acaba de entrar por primera vez, no es que seamos mejores; es
que Jesús decidió salvarnos.
Cristo sana a los enfermos. Jacopo Palma Junior, Pintura, 1590, 114×98 cm. The Pushkin
State Museum of Fine Arts, Moscow.
Por eso, cuando vemos a alguien cuya vida parece un
desastre, con un pasado turbio o con una historia que se le lee en la cara—
debemos recordar que no son "un problema" que hay que
arreglar. Son la razón por la que Cristo vino. Él mismo lo dijo: «Los sanos
no necesitan médico, sino los enfermos». La Iglesia no puede ser un museo
de santos impecables; tiene que ser el lugar dispuesto para almas heridas.
Pero hay un dolor todavía más profundo, y es cuando el
daño viene de adentro. Duele cuando un líder falla y, en lugar de justicia y
verdad, la respuesta es el silencio o la justificación. Es un choque
insoportable para el corazón creer que alguien es el "ungido"
y descubrir que no lo es . Es entonces que “ se no une el cielo con la
tierra”. La Iglesia no se levanta sobre
el negacionismo ni sobre proteger instituciones; se levanta sobre la verdad y
la protección del desvalido. El amor es nuestra única credencial, y el amor no
es ciego ante la injusticia.
Hermanos, Jesús no se mantuvo al margen criticando. Él
tocó al leproso que nadie quería tocar y defendió a la mujer que todos querían
apedrear. Mañana, cuando miremos a nuestro alrededor, no miremos la apariencia,
porque el hombre mira lo exterior, pero Dios mira el corazón.
No bloqueemos el camino de quien intenta acercarse al
Maestro. Abramos la puerta de par en par. Recibámonos unos a otros como Cristo
nos recibió: cuando todavía éramos un desastre, Él nos llamó hijos. Hagamos que
esta casa sea, por fin, el lugar donde la transformación realmente comienza.

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