abril 22, 2008

Ella teme al Señor y al Rey.

Nota del Editor: Incluimos este excelente artículo del periodista independiente Luis Cino, en nuestro Blog. Refleja lo paradójico de la religiosidad del cubano. La intemperancia de sus ideas a tono con la religiosidad que profese. Su confusión y miedo. Los cubanos más que en Dios, creen en el Miedo. Aquí el artículo:
Ella teme al Señor y al Rey.
Por: Luis Cino.

LA HABANA, Cuba, abril 2008 - Me tropecé a Teresa de Jesús, desaliñada y prematuramente vieja, un amanecer, en la barriada de Lawton. Al borde de un basurero, con desesperanzada ternura, daba de comer a dos famélicos gatos callejeros.
Trabajamos juntos en una empresa que reparaba edificios y solares en el municipio 10 de Octubre. Ella en la administración; yo, castigado por años al cemento, los ladrillos y el hormigón. Los dos éramos muy jóvenes.
No la veía hacía más de 25 años. Desde el primer momento supe que el encuentro me deprimiría.
Me preguntó por María Luisa, que entonces era mi novia. Trabajaban juntas en la misma oficina. Eran amigas. Lloró cuando supo que murió hace 16 años en un accidente. La atropelló un camión en la Autopista Nacional. Para entonces, se había casado con otro, era el período especial y regresaba en bicicleta del campo a Luyanó, de buscar comida para sus hijas. Aún no había cumplido los 30.
Me dijo que era la voluntad del Señor y pareció más consolada. O al menos, trató de parecerlo. No me convenció. Tampoco me convencía en los 80 cuando hablaba en las asambleas de metas, emulaciones y compromisos con el Partido. Nunca me creí que una católica –porque lo era, aunque lo ocultaba por razones obvias- con semejante nombre, pudiera ser comunista.
Tratamos de ponernos al día con nuestras vidas y hablar de algo más agradable. Me dijo que ya no era católica. Se unió a una iglesia evangélica. Las vicisitudes del Período Especial necesitaban una fe más espectacular. El Espíritu Santo descendió sobre ella como un rayo. Ahora, aunque no lo aparenta, dice sentirse en paz y feliz.
-¿Y tú que haces? ¿A qué te dedicas?- me preguntó.
Cuando le dije que era periodista independiente desde 1998, no me dio tiempo a lamentar haberlo dicho. Palideció. El terror se reflejó en su rostro como si viera a Satanás con cuernos y peste a azufre.
Mientras empezaba a chillar, pensé que algo le quedaba aún de sus años de funcionaria sin carné partidista. O que ponía demasiado asunto a los caballeros y las damas de las mesas redondas. Pero no. Lo que le molestó era que, según ella, desafiara al gobierno. Porque los gobiernos, me dijo, los pone Dios y sólo él los puede quitar. Los hombres sólo tenemos (es nuestra obligación) que obedecer a los reyes, acatar su ley y alabar a Dios.
Me llamó soberbio cuando le respondí que yo no desafiaba a nadie, sólo escribía lo que pensaba. Traté de explicarle que me cansé de tanto obedecer, aguantar órdenes y estar contra la pared. Mientras le doy a Dios, lo que es de Dios y al César lo que es del César. A cada uno lo suyo, según mis posibilidades.
Además, le dije: Con tantas cosas en las que has creído, ¿quién me asegura que ahora sí tienes la verdad absoluta y que la próxima vez que te vea, al paso que te lleva la vida, no creas en el budismo zen, la regla de Ocha o ya en democracia, te hayas afiliado al Partido de los Verdes?
Me deseó que Dios me perdonara por mi soberbia y por cuanto había cambiado en estos años. Luego me preguntó: ¿Eres feliz así? ¿No tienes miedo de ir preso?
Le respondí que no estoy loco ni soy masoquista. No quiero ir a prisión. No tengo nada que ver con los héroes. Como cualquiera, a veces siento miedo. No soy feliz, pero no extraño el tiempo en que sólo me daban trabajo en la construcción, no podía escribir lo que sentía y era novio de una muchacha de mirada triste que salía al campo en bicicleta a buscar comida para sus hijas…
Cuando nos despedimos me dijo que oraría por mí. Pensé que sería para que no me mandaran a la cárcel. Me dijo que no, que era para que el Señor me abriera la mente y entrara en mi corazón. Bastante falta me hace.
Cuando me alejé, Teresa de Jesús siguió dando de comer a los gatos. En su cara, además de la tristeza, se reflejaba el miedo. No sé, no estoy seguro si al Señor o al Rey.