diciembre 20, 2008

El árbol de Navidad

Por: Eloy A González.*
Nada más apropiado para este tiempo que hablarles del árbol de Navidad. Siento desanimarlos, no voy a escribir un devocional sobre la Navidad, ni haré un breve discurso sobre el espíritu navideño. Voy a superar la tentación de sumergirme en las frecuentes especulaciones sobre el origen no cristiano del árbol de Navidad. Lo único que pienso hacer es contar una historia entretejiendo algunas anécdotas.
Ya saben ustedes que después del Día de Acción de Gracias, la mayoría de las familias comienzan a adornar sus hogares para la Navidad. La Navidad, para los que no saben, es una festividad donde celebramos un nacimiento, el de un niño que nació en la pobreza tanto cómo en una singular excelencia. Esto ocurrió en un lugar muy remoto allá por lo que en la actualidad se conoce como el Medio Oriente en una aldea llamada Belén de Judea. El resto de la historia puede oírla en la Iglesia, si es que asisten a ella los domingos.
Pues bien, mi esposa y Yo ayer domingo terminamos cansados después de instalar y adornar el arbolito de Navidad en la sala de nuestra casa. Muy cansados pero satisfechos, miramos una y otra vez el arbolito y disfrutamos de las luces de colores. Ese mismo día a media noche cuando manejaba hacia el trabajo, en el para mi lejano Grand Praire, recordé una y otra vez las ocasiones en que el arbolito de Navidad se me hizo protagonista de mis vivencias, recuerdos y sinsabores. Como este símbolo de la Navidad me acompaño en tantas tristezas e infortunios y fue parte del recuerdo de Navidades truncas.
Ha mediados de la década de los 50’s, en esas Navidades que se vivían en Cuba, mi hermana y Yo veíamos con tristeza las carencias y problemas existentes en nuestro hogar que no auguraban nada bueno. La familia en su integridad estaba en peligro. Pero no era eso motivo de nuestras preocupaciones, sino el deseo de contar para aquella Navidad con un arbolito como ponían en muchas de la casas del poblado.
No dejamos ni por un momento de insistir en nuestros deseos, colmando la paciencia de nuestra querida y en aquel momento atribulada Madre. Cuando mi Papá por aquellos días llegó del trabajo, mi Mamá no esperó ni que se sentara en el sillón a descansar: “Ve a buscarle un arbolito a los niños”, le dijo. Mi padre sin mediar palabra me dijo: “Vamos”, mientras agarraba un machete. Y así nos fuimos a El Serrucho, donde el cortó un arbusto que después de quitada la hojas mi Madre adornó con algodón que compramos en la farmacia del pueblo y algunas bolas que se compraron en la quincalla. No era como el arbolito de algunas familias de mejor situación económica, pero era nuestro arbolito de Navidad; para nosotros era el mejor.
Años después llegó la Revolución, y con ello el Comunismo, el Ateísmo, la lucha ideológica contra la Religión y por extensión a todos y cada uno de sus símbolos. Sin esperarlo a los cubanos nos cayó la desgracia de una suerte de Grinch verde-olivo que nos robó la Navidad. No sólo esto, perdimos la Navidad, la Noche Buena, la principal reunión familiar de los cubanos, la Noche Vieja y la festividad de Los Reyes Magos. Sólo quedaron los arbolitos de Navidad como testigos mudos en las veladas de las Iglesias de confesión protestante y en las misas del gallo en las Iglesias de confesión católica.
De manera que veíamos el arbolito de Navidad por los días de diciembre si nos asomábamos a las Iglesias, porque éstas se aferraban a la tradición y se negaban a renunciar a su más importante festividad. Los cubanos no nos merecíamos tanta desgracia. Ni aún en los países del ex campo socialista se dejó de celebrar la Navidad. Los viajeros que regresaban de los ex países socialistas de Europa venían sorprendidos al ver, de primera mano, que allí sí se celebraba la Navidad.
La historia dio un vuelco cuando, a la caída del campo socialista y el sucesivo deterioro de la situación económica y social en Cuba en la década de los 90’s, la mayoría de los cubanos sintieron una especial avidez por las cosas del espíritu y comenzaron a preguntarse por qué le habían dado la espalda a la Religión de sus mayores. Los cubanos comenzaron a frecuentar las Iglesias en número muy significativo, y también quisieron recobrar la Navidad, no como festividad religiosa en si, sino como referencia obligada de los encuentros familiares que el Comunismo había abortado. Entonces comenzaron a aparecer de nuevo los arbolitos de Navidad en los hogares cubanos.
Había por aquellos días una propensión por las cosas de Dios y un deseo de recobrar la Navidad. Pero los arbolitos de Navidad así como los adornos no estaban al alcance de todos. Esta situación contrastaba con los establecimientos comerciales controlados por el gobierno comunista, que habiéndonos robado la Navidad, si garantizaban todo tipo de adornos y festividades navideñas a los extranjeros en sus facilidades turísticas y comerciales.
Todos queríamos tener un árbol de Navidad, lo que resultaba casi imposible dado su precio en dólares y considerando que por aquellos días lo más importante era alimentarse. Fue en el año 1995 que el gobierno se apresuró a decretar que estaba prohibido instalar árboles de Navidad en las dependencias públicas o del Estado, que es como decir en todo el país; pero la gente común se aprestaba junto a las Iglesias a poner sus arbolitos de Navidad.
Mi esposa, con manos de dedicada entrega, hizo un arbolito de cartón muy similar a los que aparecen en las ilustraciones de Navidad, cortó papeles de colores e hizo las bolas de adornos que pegó con almidón. Ya estaba listo nuestro arbolito de Navidad. Y lo instalamos en la pared de la pequeña salita del apartamento. ¡Como disfrutamos ese árbol de Navidad hecho de cartón y papeles de colores, de desechos! No fue un acto contencioso, sino el noble disfrute de un acto de libertad y reconocimiento de lo que siempre fue para nosotros, algo más que una festividad. Mucho tiempo estuvo el árbol de cartón prendido en la despintada pared, como recordando que la Fe también es un acto de Libertad.
Cuando llegamos al Exilio, el primer año compramos y colocamos el árbol de Navidad. Pero en este país no estamos exentos de sobresaltos y amargos desatinos. Viviendo en un reducido eficience en la ciudad de Miami, por aquel entonces, más que nunca acompañados de la tristeza y la amarga experiencia del Exilio y caminando otra vez el sendero de la privaciones, nos sorprendió otra Navidad; entonces nos preguntarnos si valía la pena poner o no el arbolito. ¡No hay lugar para el desánimo! También esa era una Navidad y fuimos a comprar un pequeño arbolito de esos que se ponen sobre las mesas. ¡Otra vez fue nuestro arbolito de Navidad! Nos acompañó en aquella Navidad tan necesitada de Paz.
Hasta aquí, detengo mi relato; si usted ha llegado hasta esta línea le invito a que reflexione si aún en su hogar no tiene puesto un arbolito de Navidad, si es así no vacile ni un momento en participar junto a su familia en buscarlo y ponerlo en la parte más visible de su sala, involucre a toda la familia en esto. Olvídese si tiene papeles o no, si tiene trabajo, si le acompaña en estos momentos alguna desdicha, si esta enfermo o ve en peligro su hogar. Mire usted, Dios que es más importante que usted y que Yo, nos tuvo muy en cuenta a todos nosotros y en un gesto de Solidaridad permitió que su hijo naciera en Belén; y de ahí viene toda esta historia de arbolitos y luces.
La Navidad es el acto por el cual Dios se hizo solidario con todos nosotros. Sólo le pido que se haga usted solidario con su familia, honre la Navidad, disfrute de ella y ponga su arbolito. Este es un símbolo más de esta festividad. ¡Llénese de Navidad! Si Dios apostó por usted en Belén, haga usted lo mismo, ¡apueste por Dios!