julio 17, 2026

El Centro Martin Luther King Jr. de La Habana: vitrina oficial y silencio cómplice.

 La visita de cuatro congresistas estadounidenses al Centro Memorial “Martin Luther King Jr.” en La Habana —Mark Pocan, Teresa Leger-Fernández, Maxine Dexter y Delia Catalina Ramírez— fue presentada por la institución como un ejercicio de diálogo respetuoso, escucha mutua y construcción de puentes entre ambos países. El Centro habló de escasez, de carencias extremas y del impacto del embargo en su labor pastoral y comunitaria. Todo dentro del guion habitual.

Pero detrás de esa puesta en escena se encuentra una realidad que el Centro Martin Luther King Jr. (CMLK) nunca menciona: su papel como institución controlada por el Estado cubano, diseñada para ofrecer a visitantes extranjeros una versión cuidadosamente editada de la vida en la Isla. No es un espacio independiente, ni plural, ni crítico. Es una pieza del aparato político.

El propio Centro lo reconoce en plataformas oficiales como EcuRed: su compromiso es con la Revolución y el socialismo. Su director histórico, el pastor y parlamentario Raúl Suárez Ramos, ha sido durante décadas un operador confiable del sistema. Y su coordinador ha admitido en medios estatales que ejecutan programas “a petición del Gobierno”. No hay autonomía posible cuando la misión, el discurso y los recursos dependen del poder político.

Los visitados 

Por eso las delegaciones extranjeras son conducidas allí: porque el CMLK garantiza un ambiente controlado, donde se puede hablar de dificultades sin mencionar a los responsables internos; donde se puede denunciar el embargo sin mencionar la represión; donde se puede hablar de solidaridad sin hablar de presos políticos; donde se puede hablar de crisis sin hablar de derechos.

Mientras el Centro describe la escasez de alimentos, medicinas y combustible, guarda silencio ante la otra cara de la tragedia: la criminalización de la protesta, las detenciones arbitrarias, los juicios sumarios, la censura, el miedo cotidiano y el deterioro institucional que asfixia a la sociedad cubana. El CMLK nunca denuncia que jóvenes están encarcelados por exigir libertad. Nunca menciona que más de mil cubanos permanecen presos por motivos políticos. Nunca reconoce que la crisis nacional es también consecuencia directa de decisiones internas, no solo del embargo.

Los visitantes

Ese silencio no es accidental: es funcional. El Centro opera como vitrina oficial, como espacio de legitimación, como mediador autorizado para mostrar una Cuba “dialogante” que no existe fuera de esos salones cuidadosamente preparados. La visita de congresistas estadounidenses, presentada como un intercambio sincero, termina siendo parte de un recorrido donde la realidad está filtrada, la crítica está domesticada y la verdad está incompleta.

La Cuba que el CMLK muestra es una Cuba sin conflicto político, sin represión, sin presos, sin miedo. Una Cuba donde la crisis es externa y la responsabilidad es ajena. Una Cuba que sirve al relato del poder.

La Cuba real —la que sufre, protesta, resiste y paga el precio de la falta de libertades— queda fuera de la foto.

Mientras el Centro Martin Luther King Jr. continúe subordinado al Estado, su voz seguirá siendo la voz del poder. Y sus visitas, por muy respetuosas que parezcan, seguirán siendo parte de un teatro político donde la verdad se administra y la justicia se posterga.

Recopilación y texto del Editor del Blog Religión en Revolución.

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