La visita de cuatro congresistas estadounidenses al Centro Memorial “Martin Luther King Jr.” en La Habana —Mark Pocan, Teresa Leger-Fernández, Maxine Dexter y Delia Catalina Ramírez— fue presentada por la institución como un ejercicio de diálogo respetuoso, escucha mutua y construcción de puentes entre ambos países. El Centro habló de escasez, de carencias extremas y del impacto del embargo en su labor pastoral y comunitaria. Todo dentro del guion habitual.
Pero detrás de esa puesta en escena se encuentra una
realidad que el Centro Martin Luther King Jr. (CMLK) nunca menciona: su papel
como institución controlada por el Estado cubano, diseñada para ofrecer a
visitantes extranjeros una versión cuidadosamente editada de la vida en la
Isla. No es un espacio independiente, ni plural, ni crítico. Es una pieza del
aparato político.
El propio Centro lo reconoce en plataformas oficiales
como EcuRed: su compromiso es con la Revolución y el socialismo. Su director
histórico, el pastor y parlamentario Raúl Suárez Ramos, ha sido durante décadas
un operador confiable del sistema. Y su coordinador ha admitido en medios
estatales que ejecutan programas “a petición del Gobierno”. No hay autonomía
posible cuando la misión, el discurso y los recursos dependen del poder
político.
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| Los visitados |
Mientras el Centro describe la escasez de alimentos,
medicinas y combustible, guarda silencio ante la otra cara de la tragedia: la
criminalización de la protesta, las detenciones arbitrarias, los juicios
sumarios, la censura, el miedo cotidiano y el deterioro institucional que
asfixia a la sociedad cubana. El CMLK nunca denuncia que jóvenes están
encarcelados por exigir libertad. Nunca menciona que más de mil cubanos
permanecen presos por motivos políticos. Nunca reconoce que la crisis nacional
es también consecuencia directa de decisiones internas, no solo del embargo.
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| Los visitantes |
Ese silencio no es accidental: es funcional. El Centro
opera como vitrina oficial, como espacio de legitimación, como mediador
autorizado para mostrar una Cuba “dialogante” que no existe fuera de esos
salones cuidadosamente preparados. La visita de congresistas estadounidenses,
presentada como un intercambio sincero, termina siendo parte de un recorrido
donde la realidad está filtrada, la crítica está domesticada y la verdad está
incompleta.
La Cuba que el CMLK muestra es una Cuba sin conflicto
político, sin represión, sin presos, sin miedo. Una Cuba donde la crisis es
externa y la responsabilidad es ajena. Una Cuba que sirve al relato del poder.
La Cuba real —la que sufre, protesta, resiste y paga el
precio de la falta de libertades— queda fuera de la foto.
Mientras el Centro Martin Luther King Jr. continúe
subordinado al Estado, su voz seguirá siendo la voz del poder. Y sus visitas,
por muy respetuosas que parezcan, seguirán siendo parte de un teatro político
donde la verdad se administra y la justicia se posterga.
Recopilación y texto del Editor del Blog Religión en
Revolución.


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