Por: Eloy A González.
La crucifixión de Cristo no es simplemente un vestigio
del pasado, sino el acontecimiento que transforma la noción de sacrificio en el
vínculo último entre lo humano y lo divino. En el corazón de la fe, la entrega
de Jesús en la cruz representa que nuestras faltas son redimidas y que se trata
de la máxima prueba de un amor sin condiciones que prevalece sobre la muerte. No
obstante, este misterio de salvación no permanece inalterable en el Gólgota; se
renueva todos los días en las batallas individuales y los sacrificios callados
de aquellos que persiguen la trascendencia. Comprender el Calvario es, al final
de cuentas, aceptar que la esperanza de la resurrección florece en medio de las
dificultades más secas de nuestra vida.
Solamente los que compartimos una fe común en el Cristo
crucificado, muerto y resucitado, junto con el mensaje de salvación del perdón
y la reconciliación con Él, al reconocerlo como Señor; afrontamos los desafíos
con los "judas" cotidianos. Las pequeñas traiciones cotidianas, como
la indiferencia, el egoísmo o la falta de empatía, son versiones contemporáneas
de los clavos y la lanza. Lo que observamos nos lleva a cuestionarnos:
¿seguimos martillando los clavos o estamos adorando al Redentor?
Desde el punto de vista cristiano, la idea de
"crucificar a Cristo" cometiendo pecado se fundamenta en un vínculo
individual con Dios y en la autoridad que tienen las Escrituras. En contraste
con una perspectiva más ceremonial, el mundo evangélico pone énfasis en que el
pecado del creyente es un agravio directo a la gracia obtenida. ¿Cómo
interpretamos esta "crucifixión"?
Porque desestimamos la Gracia que nos fue otorgada: "y
luego volvieron a caer, para ser renovados nuevamente al arrepentimiento, ya
que crucifican de nuevo al Hijo de Dios para sí mismos y lo someten a
vituperio" (hebreos 6:6). Estamos advertidos porque aquellos que han
conocido la verdad y vuelven a pecar conscientemente "crucifican de
nuevo para sí mismos al Hijo de Dios". El creyente se comporta como si
el sacrificio de Jesús no tuviera valor o no fuera suficiente. Con la
hipocresía evidente, la falsa religiosidad y la elección de transformarse en
sepulcros blanqueados, como los llamó Jesús. Todo esto sucede cuando no está
presente el poder del Espíritu Santo.
En las iglesias evangélicas se menciona la
"religiosidad" como el cumplir con asistir al culto, diezmar y cantar;
cuando no hay una transformación en la vida. En ese caso, se afirma que se está
crucificando a Cristo si se le da más importancia a parecer piadoso que a serlo
realmente; y si se emplea el nombre de Dios para manipular o conseguir
beneficios personales.
Nosotros afirmamos que la Iglesia es el cuerpo de Cristo.
En consecuencia, el pecado va en contra del "Cuerpo de Cristo".
Porque la iglesia no es el edificio, sino los individuos (la congregación). Así
pues, al lastimar a un hermano dañando su reputación y con los vocingleros
opinando, despreciando a otros y generando divisiones y exclusiones, se está
hiriendo a la misma esencia de Cristo.
A veces, la falta de amor es tan grande que la iglesia se
convierte en un conciliábulo que hace caso omiso a los más vulnerables y
necesitados; a aquellos más heridos y, por ende, a los que más necesitan.
Siendo así, negamos la esencia del Evangelio al dejar a Cristo "afuera"
de su propia casa. Estos son aquellos que, en una incoherencia pecaminosa de
una Fe que profesa a Cristo con los labios pero lo niega con la vida.
Así que, en consecuencia, muchos recurren a la "Gracia
Barata", que no es más que el pensamiento de que podemos pecar porque "Dios
es bueno y me perdonará de todas maneras". Mientras hacen y deshacen a
su agrado. Algunos de ellos están tan dedicados que los pecados gritan y se
unen las pasiones más bajas en la comisión de pecados y la omisión (Santiago
4:17) de aquellos que miran sin preocuparse desde la congregación.
Finalmente, creen que siempre podrán recibir el perdón de
Dios y tener la oportunidad de ser parte del rebaño nuevamente. Vivir de esta
manera es transformar la cruz en un objeto arrojadizo, en vez de utilizarla
como un instrumento para la transformación. Es, en esencia, burlarse del
sufrimiento de Jesús para expiar esos pecados y termina minimizándose. Todo
esto trae como consecuencia el mal testimonio, que no es más que un tropezadero
ininterrumpido y doloroso.
Se dice que un creyente o un líder "vitupera"
el nombre de Cristo en el mundo si comete pecados serios. Esto somete a Jesús
al escarnio de los incrédulos, que se asemeja a la humillación pública en el
Calvario. Devuelven a Cristo repetidamente al despreciable hecho de la
crucifixión. San Francisco de Asís decía que aquellos que se deleitan en sus
vicios mientras practican la Fe son los que en verdad lo crucifican. En ese
sentido, los pecados dentro de la iglesia "crucifican" a
Cristo, como hemos visto más de una vez.
En esta cotidianidad, en la que el sacrificio de Jesús
pasa de ser un motivo de salvación a ser el escenario de nuestra propia
hipocresía y donde la gracia se vuelve barata; ¡ y se ignora al prójimo! La
noción de "crucificar a Cristo" por medio del pecado se
fundamenta de manera intensa en la autoridad de las Escrituras y en la conexión
personal con Dios. En contraste con una perspectiva más ceremonial, el mundo
evangélico pone énfasis en que el pecado del creyente es un agravio directo a
la gracia obtenida.
En esta Semana Santa, en la que recordamos el sufrimiento
de Cristo, debemos aceptar el arrepentimiento auténtico, que permite a Cristo
descender de la cruz cotidiana donde la escasez de amor y paz nos hace sentir
menos. Convocándonos a ser amables y compasivos con los demás. Dejar que
gobierne en la vida cotidiana para el deleite del Santo Espíritu, quien reina
por los siglos y que, además, es parte de nuestra cotidianidad en la Fe de
aquel que venció a la muerte y fue elevado a la presencia del Padre.
Pero los que dejan de creer en Cristo ya no pueden volver
a ser amigos de Dios, aunque alguna vez hayan creído que el mensaje de Dios es
la verdad, y con gusto lo hayan recibido como un regalo. Si dejan de creer en
Cristo, lo que habrán hecho será volver a clavarlo en la cruz y burlarse de él
ante todo el mundo. No importa que hayan recibido el Espíritu Santo junto con
los demás, ni que hayan sabido lo bueno que es el mensaje de Dios, ni lo
poderoso que Dios será en el nuevo mundo, si dejan de creer en Cristo ya no
podrán volver a él. [Hebreros 6:4-6 TLA]
28 de marzo de 2026

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