noviembre 11, 2013

Artemio, el amigo.

Por: E. A. González.
Artemio fue aquel hombre ya andando en años y cargando no  pocos pesares,- me refiero a esos que se nutren de las enfermedades y los sobresaltos-,  que vimos llegar los domingos a la iglesia y que compartía sus vivencias, recuerdos y sapiencias con los que allí estábamos. Sus nobles maneras y el cuidado que ponía en la relaciones con los otros mostraba, al punto, que estábamos frente a un hombre cuya presencia despertaba admiración y noble prestancia. Pero estos tiempos nos hacen tan mezquinos que solemos desdeñar la virtud y el fomento del buen ánimo. Era para decirlo, uno más con el cual se intercambiaban palabras y se compartía un tiempo, el de la iglesia de domingo, que en nada se aproxima a la recalada de la virtud y la cimentación de la amistad.
Fue así que en los últimos años cuando nuestra relación con el sincero amigo, una y otra vez nos peguntamos sobre todo lo ajena que se nos hace la virtud, como las penas se  nos avecinaban y como toda una vida de recuerdos e intensas experiencias podían ser compartidas y consideradas. Se trataba ni más ni menos de algo que suele llamarse conversación, ese hablar sin grandes pretensiones dejando surgir las palabras, las evocaciones o las anécdotas de ocasión; las opiniones agiles sin cortapisas. Es darle una oportunidad a la convivencia, la plática y las creencias valóricas;  estas últimas si llegan.  Porque a fin de cuentas cuando  comienza a establecerse una amistad  la gravedad e intensidad de lo que se piensa no es algo necesario ni absoluto. La conversación y el necesario trato que quiero mencionar aquí es la del empleo de palabras simples, superación de esquemas manidos y el desprendimiento de  la arrogancia; es ejercer la sencillez.  Es así  que una amistad comienza con una amable conversación y una taza de café de  por medio.
Aquí y allá, en dos ocasiones de la semana, Artemio era la compañía necesaria para atender a las palabras, después vendría el  respeto y el  compañerismo, la tolerancia y el compartir ideas desprejuiciadas; permitir y convocar a pensamientos que se hacen comunes. Esto es amistad dicen algunos y para aquellos que participan, son o se hacen amigos…,
Sorprendido por la amistad que llegaba, cuando compartíamos las primeras conversaciones di a leer a Artemio un artículo que había escrito hacia tres años atrás..., su título es desgarrador y emblemático de un concepto que nos era común, nos fue común. Se trata de un corto artículo de opinión titulado: Los escasos amigos del vencido, allí decía con sensibles palabras lo siguiente:
En bueno preguntarse si viendo acortase el tiempo, superada las expectativas y sorprendido por la enfermedad y la muerte, tiene sentido una amistad. En tanto que los  amigos suelen llegar cuando todos se han ido… ¿es el momento de darles la bienvenida?
¡No, no es cierto que la separación despierte la amistad! ¡La acaba! Por fin en estas nuevas vivencias, tal vez de forma tan tardía y sin nutrirse, la amistad resiste como una planta raquítica que apenas sobre vive en un terreno estéril, su fruto es más peligroso que el mismo odio.
Y terminaba diciendo….,
En cuanto a dar la bienvenida a los nuevos amigos o amigas. Ya se hace tarde; se ha acortado demasiado el tiempo. Al vencido le faltan los amigos, si estos vienen, solo les digo que no se demoren.
Nunca comentamos sobre estos  u otros conceptos, sabíamos que no había tiempo. Artemio fue el amigo que llegó, no hubo demoras. Llego una y otra vez con una palabra amable, con un gesto desinteresado, con una intención de servir; se hacía todo preocupación y compresión. Fue la persona que llegó una y otra vez a la casa con un ramo de flores o un dulce para las niñas, ponía especial cuidado en las relaciones y medía sus palabras de afecto. Había una dedicación especial para el cariño y la ternura. Era la persona bienvenida…, y al  irse tal vez nunca llegó a saber  todo el bien que nos hizo.
Cuando Artemio cumplió sus 70 años fuimos invitamos mi esposa y yo a la celebración de su cumpleaños, allí le recordé aquellas palabras que ya señalé:
Artemio, dicen que los amigos suelen llegar tarde..., no, no llegan tarde;  cuando llegan siempre son oportunos.
Y es que Artemio era sin lugar a dudas el amigo que había llegado. Alguien dijo que: Un verdadero amigo es aquel que entra cuando el resto del mundo sale…, y miren que todos se habían ido, que tropel, que desesperanza, ya no quedaba nadie como para voltear el rosto y preguntarse solo una vez ¿aun aquí? Y entonces aparece una persona que en nada pretende encontrar un amigo, sino solo dar lugar a una amable conversación y un café. Era todo… y fue suficiente.
Pero Artemio entendió muy bien eso de que comprender al amigo es meterse en la propia piel y hacerse cargo. Fue sorprendente como un hombre marcado por la enfermedad y viendo acercarse  la muerte paso a paso tenía tiempo para preocuparse por los pesares, sobresaltos y desdichas del otro;  pero sobre todo cuando escuchaba algún descargo, asentía diciendo, “comprendo perfectamente bien”, “te entiendo.., te entiendo” …, y era cierto.
No tengo la intención de entrar en consideraciones trascendentales y filosóficas ante la realidad de la muerte, ni aun las  necesarias interpretaciones de una fe que compartíamos,  todo lo cual tuvimos tiempo de hablar mucho antes de su esperado deceso. Mi propósito es recordar  algo que también hablamos una y otra vez, y es la esperanzadora virtud que nos hace considerar que la amistad no es una experiencia acabada, que la ruindad que nos acecha no puede o no debe acabar con una dedicación tan noble y enriquecedora.
Artemio fue el amigo oportuno del vencido, alguien que supo escuchar, quien se interesó y busco aliviar tanta carga aun cuando el llevaba en trabajoso andar las suyas; fue también quien mostró una generosidad, al menos con la paciencia con que escuchaba, que fue suficiente. Fue el amigo que llegó y el amigo que se fue esbozando una sonrisa amable hasta el último instante.
El poeta afirma cuando traba de definir la palabra amigo en estos términos: decir amigo se me figura, que decir amigo  es decir ternura…. Y en un juego de versos, -que no son míos-, es que termino:
…, y yo quiero eternizar la ternura /de seres abiertos a la acogida, / fiel sin quebrantos a la amistad, /en los todavía oscuros cielos de la soledad.
 Noviembre del 2013

Artemio Ávila falleció en la mañana del 24 de octubre  del 2013 en la ciudad de Fort Worth,  Texas, a su lado se encontraban su esposa, hijo e hija…., Artemio dedicó varios de sus años de jubilación como voluntario de Catholic Charities en Fort Worth, Texas. Era un miembro activo de la Iglesia Bautista Génesis. (Nota en ocasión del servicio memorial celebrado el 9 de noviembre del 2013 en Gambrell Street Baptist Church)