Por: Eloy A Gonzalez.
Mañana, como todos los
domingos, iré a la iglesia para adorar al Dios que oye el clamor de los
encarcelados, de los perseguidos y de los cubanos jóvenes que anoche salieron a
las calles motivados por el hastío generacional. Uno de ellos dejó un mensaje
que duele: “Dile a mi madre que, si no regreso, es porque morí por la Patria.”
Ayer clamé por los
prisioneros políticos y me acordé de una palabra que hoy alumbra la oscuridad :
“Vuelvan a su fortaleza, cautivos de la esperanza; hoy les devolveré el doble
de bendición” (Zac 9:12).
Mientras que en Morón, Cuba,
se inició la persecución de jóvenes que pronto recibirán castigos severos, el
régimen da a conocer la "liberación" de 51 prisioneros... aunque solo
cinco son verdaderamente prisioneros políticos y todos ellos son sometidos a un
régimen penitenciario en sus hogares. Un gesto desviado en un tiempo que
requiere veracidad y rectitud.
Es doloroso observar a los
jóvenes ser golpeados y encarcelados mientras el mundo continúa con su rumbo.
Sin embargo, la fe del domingo no es una evasión: es un poder para no rendirse.
La oración no reemplaza la acción; más bien, la respalda cuando la represión
ahoga cualquier intento de libertad. La fe no es evasión, a pesar de esta
contradicción. Es resistencia. “El Señor está cerca de los quebrantados de
corazón” (Sal 34:18); y esa cercanía sostiene a quienes no pueden sostenerse
solos.
La oración no reemplaza a la
acción; más bien la nutre cuando la represión ahoga todos los intentos de
libertad. “Aprendan a hacer el bien; busquen la justicia, reprendan al opresor”
(Is 1:17).
La indignación que
experimentamos es necesaria. El domingo debería ser un momento de tranquilidad,
no de inconsciencia, sino de recordar que si en Cuba hay horror, la obligación
ética de no olvidarse de esos jóvenes es aún más grande. No es una cuestión de
falta de lógica, sino un conflicto humano entre la cruel realidad y la
esperanza.
No podemos dejar que la
seguridad del exilio o la lejanía nos hagan perder sensibilidad en el alma. No
se limita a ver la tragedia desde el servicio religioso o desde la nostalgia.
Cada minuto de silencio en respuesta a la violación de los derechos fundamentales
es una traición a la memoria de aquellos que, como ese joven, sacrificaron su
vida por un concepto de "Patria" que hoy nos pertenece
colectivamente. “No te canses de hacer el bien” (Gál 6:9).
¡No te mantengas
indiferente! La indiferencia es el cómplice más callado de la tiranía. Rendir
homenaje a quienes manifiestan hoy y quizás mañana estén encarcelados o no
regresen a casa requiere más que oraciones; requiere una voz decidida que
condene la infamia y una voluntad firme de no olvidar. Si ellos mueren por la
Patria, lo mínimo que podemos hacer nosotros es actuar de la mejor manera
posible para que su sacrificio no haya sido en vano.
Que nuestra voz sea la resonancia de aquellos que ya no
pueden hablar. Porque han sido silenciados.
14 de marzo de 2026

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