Caminando entre Sombras con la Luz del Salmo 23.
Nilda C Estévez
En el silencio de mi meditación de hoy, me sumerjo en las aguas profundas del Salmo 23. Al cerrar los ojos, no solo leo palabras; viajo en el tiempo hacia mi infancia y adolescencia en Carlos Rojas, Matanzas. Vuelvo a verme en la iglesia bautista de mi pueblo natal, esforzándome por memorizar cada verso para alcanzar un nivel superior en los "Auxiliares del Rey". Aquella disciplina infantil no era solo un ejercicio de memoria, sino la siembra de una semilla de fe que germinaría en los momentos más oscuros de mi vida.
Siempre me ha resultado paradójico que este Salmo se reserve tan a menudo para los rituales fúnebres. Aunque menciona el "valle de sombra de muerte", el Salmo 23 no es un canto de derrota ni un adiós resignado; es un himno de victoria. Es la declaración de un alma que sabe que la muerte no tiene la última palabra. David no escribió estas líneas para los que se han ido, sino para los que caminamos, para recordarnos que el Pastor está presente aquí y ahora, en el fragor de la batalla y en la fatiga del camino.
Recuerdo mis años de juventud en La Habana, cuando la
beca y el estudio me obligaban a enfrentar la soledad de la noche. Tras bajar
del ómnibus, me aguardaban las calles casi a oscuras de El Laguito, en
Cubanacán. En aquella penumbra, el cansancio y las preocupaciones del día
pesaban en mis hombros, pero mi espíritu encontraba un refugio inexpugnable.
Mientras caminaba en la noche, mi voz —a veces en
susurro, otras en un grito silencioso — recitaba: "Jehová es mi pastor;
nada me faltará". En ese momento, la oscuridad dejaba de ser una amenaza
para convertirse en el escenario donde se manifestaba la paz de Dios. No
caminaba sola; caminaba consciente de que el mismo Dios que sostuvo la vara y
el cayado para proteger al Rey David, estaba allí, guiando mis pies entre las
sombras cubanas.
Hoy, al igual que David —el Dāwīḏ, el "Amado" y Unificador de Israel—, reconozco
que la fe no es la ausencia de peligro, sino la certeza de la presencia divina
en medio de él. David fue poeta, músico y guerrero, pero sobre todo fue un
hombre cuya confianza no radicaba en su propia fuerza, sino en la fidelidad de
su Pastor.
Ahora, voy a compartir con ustedes mi oración y también "mi salmo 23", al estilo del Rey David, quien, sin lugar a dudas, también fue un hombre de Fe.
Señor, tú eres mi pastor,
nada me falta,
me llevas a lugares deliciosos
y me das tu descanso
y así disfruto de las aguas
de reposo.
Confortas mi alma,
me guías por sendas de justicia,
porque amo tu nombre;
así ande en Valle de sombras,
o de muerte.
No temo mal alguno,
Porque tú estás conmigo;
Me das aliento en tu Palabra,
Y preparas mesa delante de mí,
y la observan mis angustiadores.
Me unges con aceite, con tu Santo Espíritu;
el gozo como copa rebosante, lo disfruto,
y así comprendo que,
el bien y la misericordia ,
me seguirán todos los días de mi vida,
y en tu casa, Señor,
moraré por largos días
Amén
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