octubre 14, 2006

La Pasión según San Mateo.

Por: José Vilasuso.

A Bart D Erhman.
La vida de Jesús será siempre punto de singular atracción para los hombres de todas las culturas. El cine no se podía quedar en la retaguardia de un tema tan sólidamente unido a algo perdurable, indestructible y esperanzador para la especie.
Pier Paolo Pasolini contribuyó dirigiendo con méritos indespojables, y como guionista, La Pasión según San Mateo filme de 1964 dedicado al Papa Juan XXIII y cuya categoría y fidelidad al Evangelio no se ha visto menguada en momento alguno por críticos rigurosos.
Pasolini quedará en la historia del cine pensante como el gran impactado por Jesús mediante la buena nueva según la pluma de Mateo. En la vida del polémico personaje su choque con el texto sagrado constituye el hito de lo que está más allá y los hombres no podemos explicar con herramienta propia. El golpe de la gracia que a cada persona puede afectar o transformar al calor de su naturaleza, circunstancias y plan divino. El Evangelio cayó en sus manos y le sirvió de inspiración para producir una obra maestra en el género nada fácil por seguro. Nunca sabremos la profundidad ni los paradigmas de aquel proceso en la mente del gran trasalpino. Cuestión de fe, sin duda; al margen de las posibilidades del conocimiento cotidiano.
Sin duda el enfoque conseguido y popular de este ateo destila admiración y una sincera búsqueda de la verdad. Pasolini ni fue un creyente ni converso conforme a los cánones habituales entre los intelectuales y artistas que recorren itinerarios adjuntos. Mas no fue esa la historia ni tal vez fuera imprescindible. Regularmente se ignora cómo, porqué, o a quién se dirige el mensaje salvífico. Sin embargo, hoy a la hora de exponer los componentes espirituales del filme, por una causa insondable no se podrá hacer despojo de sus objetivos logrados, arguyendo que fue obra de un militante y por tanto lo esperado.
Pasolini se tropezó con algo inexplicable que revelaba una naturaleza subyacente en aquellos textos calzando la firma del primer evangelista. Nosotros inferimos que era la inspiración que asiste a los autores bíblicos al comunicar La Palabra de Dios. Los libros sagrados son divinos no por “caer del cielo por fax” como afirma “la sorna de Dan Brown; El Código Da Vencí” sino por expresar la palabra de Dios en lenguaje humano. Dios se vale de hombres para hablar a otros hombres. La salvación está encomendada a nosotros. Asunto familiar. Responsabilidad nuestra. Es esa fuerza latente capaz de estremecer visceralmente toda sensibilidad y hace reflexionar de forma intensa y raigal. Los Evangelios están a la mano para que los usemos. De lo contrario tras dos mil años hubieran perdido su modernidad, poder de convocatoria, fuerza operativa entre las ideas. Quedarían convertidos en simple valor arqueológico.
El filme participa del mismo encanto y poesía. Todo sincero acercamiento artístico a La Vida de Jesús roza, se empapa, o conlleva la potencia de lo sobrenatural. Es otra economía que, resulta palpable en mayor o menor escala, a priori o posterior. Al recoger partículas insignificantes de sus maravillas basta para dejarnos arrobados.
Por cierto este Cristo es un Mesías radical interpretado por Enrique Izaroqui, que al momento de comunicarse se expresa con inusitada familiaridad. Un hombre en su casa que menciona las cosas por su nombre, sin mayores explicaciones y a veces regaña. Espejeo neorrealista de su autor y no puede abarcar todos los gustos. Expresa una visión de Jesús, la de Pier Paolo Pasolini Como también al autor sagrado, quien dirige su testimonio esencialmente a los compatriotas israelitas, a quienes no logró convencer.
Particular atención merecen los niños quienes expresan agudezas geniales y franca censura hacia los escribas, fariseos y detentadores del poder. Es la inocencia asimilando la verdad que aquéllos como el sanedrín no quieren escuchar, todos permanecen imperturbables y paralizados en el tiempo, sepulcros blanqueados, raza de víboras. El evangelio de Mateo destila ese vaho hierático, vetusto documento que se ha quedado en el pasado para concederle extensión y cuya ineficacia, paradójicamente, prueba que la verdad sigue tal, aunque algunos no la quisieron escuchar. Alegato que perdura para cumplir su cometido. Es el mensaje a través de los tiempos, contrastando con la indiferencia más recalcitrante que, queda atrás sembrada en el pasado con sus empedernidos escuchas. Sin embargo, esas recriminaciones del Maestro no son voz que clama en el desierto pues al cabo de veinte siglos tienen eco constante y de hecho constituyen prueba. Ese espíritu conservador de los judíos permite comprender mejor aquella raza insensible incapaz de reconocer y aceptar al Mesías, a pesar de cumplirse en él todas las profecías de sus antepasados Isaías, Jeremías, a quienes, por paradoja, prosiguen proclamando. El filme sugiere esta realidad con el hieratismo de sus imágenes, la imperturbabilidad de las facciones, movimientos ceremoniosos, vacíos… En cambio Jesús atrae al público sentado en la sala cinematográfica. Sus sermones por secuencias se van más allá de La Montaña, algo apretujados, vehementes, fogosos en exceso; Parecen lanzados a las caras de los incrédulos. Se trasluce la santa ira de Dios que no hace mella en almas trasnochadas a quienes se dirige. Aunque este contrapunto escapa al celuloide. Por el entresuelo sale de la trama, y ante el espectador lo batuquea permitiéndole comparar y concluir que la miseria humana es incapaz de alcanzar la grandeza divina.
Con elenco no profesional y escenas facturadas por ásperos paisajes, casi mortuorios, las expresiones de los apóstoles son rudas, lejanas, de pescadores, cual piedras inconmovibles, e imposibles de saltar; los escuchas parecen acordonados para impedir el discurso de Jesús, los ángeles difíciles de entender, José pone en duda la fidelidad de María, María presiente la trascendencia del ser que lleva en su vientre, pero carece de dulzura; en cambio su mirada en la ancianidad ennoblece y contagia. El viento que bate los rostros, las piedras del camino, los contrastes de luces y sombras, del blanco y negro, el silencio en los labios acompañado por acordes de Mozart, Bach o Prokofiev, se configuran cual huellas de un misterio indescifrable a los ojos humanos.
Ante Dios nos quedaremos cortos eternamente; unos y otros. Inspirados e inspiradores. Dios es un camino con sentido conducente a la plenitud. Sin embargo ahí va la buena nueva. Estamos en la singladura que nos hace felices vía al infinito. De no haberse continuado testimoniando la buena nueva en las plumas de Marcos, Lucas y Juan, más vivos, y actuales, el evangelio de Mateo hubiera quedado como insuficiente, clamor en el aire.
Pero son infinitos también los medios salvíficos disponibles para esa jornada sublime que comienza en la tierra. Ahí entronca el caso de un hombre genial golpeado por la gracia. Pasolini recibió la ráfaga o el choque estremecedor sin haber culminado el esperado y natural proceso de conversión. Aventura a medias, tal vez, como hubiera dicho Charles Du Bos. No juzguemos. Es tan fuerte la prueba de quien no pudiendo definir un misterio se contenta con asegurarlo. A los ojos del mundo incrédulo surte su efecto.
El misterio de aquel creador con impacto enfoca una visión de Cristo personal en su lente. Ha hecho y hará pensar a incontables espectadores, otros quedarán intranquilos, no pocos inquietos. Inolvidable. Marcar atractivas metas que invitan a descubrir otras nuevas e insospechadas para semejantes, interesados y seguidores. Tal la misión de los hombres talentosos: sacuden, se imponen, y por tanto se les pretende aplastar. Jesús culmina su misión en el tormento, clavado en la cruz. Su sacrificio sugiere mil reflexiones laberínticas. Es como el desenlace obligado de una vida radiante que con la misma energía que predicó la verdad, ahora se queja al ser traspasado por los clavos. A cada martillazo todo su cuerpo se estremece, gritando, y electriza al espectador. El espectador supera el tradicionalismo de la narración. Protesta por natural instinto de justicia. El espectador no es el escriba empedernido, no es miembro del Sanedrín. Pero esa morosidad insensible provoca la acción contraria. Cada salto de Jesús clavado al madero aviva la fe del espectador.