Eloy A. González | Fort Worth, Texas
En ocasión del centenario del mal nacido y perverso hacedor de revoluciones, quiero traerles y compartirles mi artículo escrito cuando este adefesio humano murió. Hoy, cuando hace cien años nació uno de los tantos cretinos de la historia de Cuba —y no digo el más cretino de todos, porque a este pedazo de imbécil no lo voy a poner en lo más alto de nada— vale recordar lo que escribí entonces, cuando su muerte abrió una grieta en la conciencia nacional. Nació en 1926, año del Tigre de Fuego en el zodiaco chino.
De él dijo un cura, en un exceso de idolatría: “Dios hará que las piedras hablen… pero no hizo eso, escogió al más grande latinoamericano de casi todos los tiempos y el Espíritu Santo habla a través de él.”
Hoy, en Cuba, celebran su centenario como si se tratara de un santo. No lo es. Nunca lo fue.
Aquel texto que escribí en 2016 comenzaba así:
“Resulta que el sátrapa cubano ha muerto. Esta es la noticia y con ella la confusión dentro y fuera de la Isla… Me niego a recordar, me niego a hacerlo parte de mi vida, me lo arranco si es que puedo de este corazón traspasado, exiliado y noble.”
Y continúa siendo verdad.
La muerte del dictador nos lanzó —sin quererlo— a esa eterna miseria que es recordar. Hoy, su centenario pretende hacer lo contrario: imponer el olvido, barnizar la historia, convertir la ignominia en legado.
Pero no podemos olvidar que:
Fue considerado por algunos como “instrumento de Dios”, mientras convertía a todo un pueblo en siervos.
Se hizo de la nación como quien se hace de un botín.
Destruyó la vida de millones y convirtió la isla en un laboratorio de sometimiento.
En aquel artículo también cité al sacerdote que, con precisión teológica, escribió:
“Porque el juicio será sin misericordia para el que no ha mostrado misericordia.”
Y añadió sobre el difunto:
“Él que hizo un infierno de la vida de muchos, si ha entrado en el infierno ahora sufre con los ojos abiertos… pero, por fin, ve.”
Hoy, cien años después de su nacimiento, Cuba sigue atrapada en el legado del tirano.No hay razón para celebraciones. No hay razón para la exaltación.
Lo que corresponde es enterrar simbólicamente al sátrapa, desmontar la revolución hasta que solo quede como referencia obligada en los tratados de historia, y caminar hacia una patria digna donde podamos andar con entereza.
Hace una década escribí también:
“Para los que piensan que la muerte del sátrapa promoverá cambios en Cuba, les digo que se equivocan… hay y habrá continuidad, no transición.”
El centenario confirma esa continuidad.
Pero también confirma que la memoria sigue viva, que la verdad no se apaga, que la nación —aunque herida— no ha renunciado a la esperanza.
Este centenario no es celebración.
Es recordatorio.
Es advertencia.
Es llamado.
No habrá “tierra nueva y cielo nuevo”.
Pero sí puede haber una patria digna, si somos capaces de mirar de frente la historia y desmontar sus mentiras.
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