Acaba de concluir la Convención Bautista del Sur (SBC) en Orlando, Florida, y lo que allí ocurrió revela la compleja encrucijada espiritual, ética e institucional que vive la mayor denominación evangélica de los Estados Unidos.
Se discutieron temas urgentes: el rol de las mujeres en el ministerio
(Enmienda de Verdad y Unidad), inmigración, dignidad humana, suicidio asistido,
antisemitismo, ética en el uso de la inteligencia artificial y ministerio de
discapacidad.
Sin embargo, el tema que marcó el trasfondo de todo fue otro: el manejo
fallido de los abusos sexuales dentro de la SBC.
Un cierre sin
justicia
Los líderes anunciaron que el Departamento de Justicia cerró su
investigación penal sin presentar cargos contra el Comité Ejecutivo.
Pero el informe de Guidepost Solutions (2022), con más de 700 casos
documentados de abusos y negligencia clerical, sigue siendo una herida abierta.
Cuatro años después, las reformas están estancadas y el proyecto “Ministry
Check” —que prometía una base de datos pública de abusadores— fue
abandonado. El sitio web existe, pero está vacío.
Sobrevivientes y activistas denuncian que las reformas se diluyeron por la
resistencia de sectores radicalizados que acusaron estas medidas de introducir
“ideologías seculares” en la iglesia.
La frustración de
las víctimas
Aunque la vía penal federal se cerró, decenas de demandas civiles siguen
activas.
Mientras tanto, la Convención dedica enormes energías a prohibir a las
mujeres predicar, mientras las medidas para proteger a mujeres y niños de
pastores abusadores quedan relegadas.
Para muchos miembros, víctimas o no, la crisis es espiritual además de
institucional: descubrir que la estructura donde depositaron su fe encubrió
crímenes provoca un dolor profundo y legítimo.
El espejo de las
Iglesias Bautistas Fundamentales Independientes (IBF)
Las IBF, aunque comparten raíces teológicas con la SBC, operan sin
supervisión externa. Investigaciones como las del Fort Worth Star‑Telegram y el documental Let Us Prey muestran que allí los abusos se agravan por tres factores:
- Aislamiento total: autoridad pastoral absoluta sin
rendición de cuentas.
- Cultura de silencio: proteger “el testimonio” por encima
de la víctima.
- Cero controles: un abusador puede mudarse y abrir otra
iglesia sin dejar rastro.
¿Qué pueden hacer los creyentes?
Hoy, muchos bautistas se ubican en una de estas posturas éticas y
espirituales:
1. Fidelidad
Remanente
Permanecer, pero exigiendo protocolos externos, auditorías, verificación de
antecedentes y denuncia inmediata a la policía.
2. Éxodo
Buscar comunidades sanas con gobernanza transparente y verdadera rendición
de cuentas.
3. Exilio
Espiritual
Sanar fuera de la estructura institucional sin abandonar la fe.
4. Activismo y
Alianza con Sobrevivientes
Apoyar a quienes denuncian, priorizando la protección de los vulnerables
por encima de la reputación eclesial.
Una conclusión
necesaria
Ser bautista o evangélico no equivale a encubrir crímenes. El problema es
un sistema eclesiástico que, cuando carece de controles, se vuelve terreno
fértil para el abuso. La fe cristiana no se defiende protegiendo instituciones,
sino protegiendo a los pequeños; la credibilidad moral de nuestras iglesias
depende de ello.
Próximamente podrán leer el articulo completo en el Blog Religión en Revolución. Vean el video debajo 👇
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