julio 01, 2014

Sucedió en el Este de la ciudad.

Hace algunos días la noticia ocupó el espacio del noticiero de la tarde. De manera que  les contaré la historia tal y como la escuché de la locutora, sin saber, -como sucede con toda historia contada en la televisión-, cuanto hay de antecedentes aparentes y cuanto hay de prolongación de la historia.
El Este de la ciudad es una zona que produce a quien la recorre una sensación de abandono, de algo que fue y que se va terminando lentamente. Hay un evidente espacio dejado, de casas marchitadas e iglesias que resisten. En los domingos el ir y venir en la mañana a los servicios religiosos le imprimen a los templos cierto sentido de permanencia. En general se percibe, malandanza y dejadez.
El  Este de la ciudad esta limitado por dos grandes autopistas y de sur a norte otra autopista lo cruza; tiene las facilidades propias de una ciudad, pero nada de esto le favorece. Lejos están los días en que sus vecindarios fueron diversos y animados; dispuestos al  progreso y el bienestar. Es un vecindario donde los afroamericanos y los hispanos pujan por permanecer dentro de sus aspiraciones, vicios y estrecheces. Cuando cae la noche, salvo en algunos puntos de las esquinas marcados por los servicentros  o estaciones de gas, todo lo demás es un silencio como de consternación. Algunas personas que deambulan en las estaciones de gasolina son como visiones desdibujados en un escenario sombrío.
La señora K. había establecido su puesto de ventas de Donas en éste vecindario; de origen asiático mostraba ese empuje que caracteriza a una raza paciente y laboriosa. Esa mañana no sabía los eventos que se sobrevendrían.
Ya al mediodía y con algo del cansancio propio de una media jornada de trabajo en su negocio donde lo era todo, la señora K. vio con sorpresa como un joven negro, - lo siento-, quise decir afroamericano, llegó al negocio armado de una pistola con la que encañonó a la señora K. exigiéndole que le entregara el dinero. La amenazó con matarla, a lo que la señora K. le respondió con resignación, y tan vez con fe nada fingida, que si así lo hacia ella iría mas rápido para el Cielo. Olvido la señora K. que él mismo que aquí en la tierra nos habló del Cielo, recomendaba que fuéramos compasivos y que si alguien nos demandaba algo pues debíamos de dárselo, hasta más de lo que pedía. Pero no, ella no estaba dispuesta a entregarle al joven la escasa recaudación del día.
Quién sabe la motivaciones que llevaron al joven a adoptar esta actitud criminal y exigir los bienes que no le eran suyos. Sabemos de la vida de indigencia, maldad y marginalidad en que viven muchos en estas barriadas; aunque nada justifica que anden exigiendo lo que es de otro a punta de pistola. Muchas veces buscan este dinero para dar rienda suelta a sus vicios y a la vida de disipación y vilezas en la que están sumergidos. Él joven  apenas tenia unos 23 años, así que juzguen ustedes cuando andaban por esa edad o miren a su alrededor si alguno de sus hijos o nietos andan por esta edad.
Todo parece indicar que más que agresividad y enojo, el joven afroamericano amenazaba a la resignada asiática con la pistola mostrando más que nada, turbación y nerviosismo. Esto fue  aprovechado por la Señora K. para salir de su negocio de ventas de Donas hasta unos apartamentos cercanos a su negocio. Fue a pedir ayuda, esa ayuda lógica que seria procurar que alguien llamara a la policía. Pero no fue así.
En los apartamentos encontró a un vecino que oyendo los descargos de la señora K. a quién conocía desde que estableció su negocio hacia algunos años, entró a su casa y sin mediar  palabras, tomo una escopeta y salió rápido hacia el lugar de ventas de Donas. Allí estaba el joven que se negaba a fracasar en su intento de asalto, el vecino apunto al pecho del joven y le disparó dos tiros a quemarropa. En el suelo quedo tendido el joven, después de una breve convulsión que auguraba una muerte tan expeditiva como los hechos alígeros que se sucedieron. No sabemos si el joven, al llegar el vecino armado, le amenazó con la pistola que tenia.
La vida de un joven de apenas 23 años había acabado ante la vista de la señora K. y del diligente vecino que hizo los disparos. Algunos transeúntes y vecinos ya habían llegado a la escena, y la policía no se hizo esperar.
Las primeras declaraciones del oficial de la policía pudieron ser sobrecogedoras, pero no lo fueron: la pistola del joven asaltante era de juguete. Aún así, al vecino devenido en imprevisto justiciero,  no se le presentarían cargos.
No hay muertes inciertas, ni vidas justificadas, leo en una frase que tengo anotada muy cerca de donde escribo ahora esta breve narración; tan breve como la vida del joven ultimado. Nada puedo agregar a cuanto hay de cierto en la contingencia  de la muerte, como en la justificación de la vida. Por lo pronto esto fue  lo que ocurrió en el Este de la ciudad y aquí se los dejo.