noviembre 18, 2010

Tres Monseñores en Primera Plana.

Por: Rogelio Fabio Hurtado.*
La Habana, Cuba, 18 de noviembre de 2010, (PD) La foto es de la Comandancia (Estudios Revolución), y parece posada, pues a espaldas del santísimo trío, los asistentes aparecen mirando hacia delante, de perfil a la cámara. Frente a ella, Monseñor Rodolfo sostiene con devoción la Santa Biblia, los mansos ojos atentos al texto de las Escrituras que Monseñor Sonrisas lee con oficiosa solemnidad. Entre ambos, aparece de medio cuerpo, en guayabera, Mongeneral Raúl, sus ojos entrecerrados fijos en el lente de su amigo fotógrafo. ¿Recuerda su niñez monacal o está vigilando de cerca la otrora tan perniciosa prédica eclesial?
La realidad es que ahora, convenientemente alejados los viejos y buenos Obispos, José Siro, Meurice, Adolfo, la actual jerarquía eclesial, hechura del Cardenal Sonrisas, parece dispuesta a una peculiar y limitada Reconciliación por cuenta propia, que convierte la sospecha de complicidad con los césares de Birán en hecho consumado, a expensas de buena parte de su feligresía y, sobre todo, de quienes creímos encontrar en los templos católicos, más que un refugio, una opción para la auténtica justicia.
Para ningún católico practicante es secreto que alrededor de 1996, luego de anunciarse la visita de Juan Pablo II, las iglesias comenzaron a colmarse de público. Entre los muchos que de veras retornaban al Templo, se deslizaban otros, cuyas repentinas iluminaciones habían sido ordenadas por el Partido para que penetrasen en las comunidades e informasen detalladamente lo que pasaba allí. Fracasada en 1993 la habitual política de intimidación -cuando los feroces editoriales contra la Carta-Pastoral "El Amor todo lo Espera" no lograron que la feligresía abandonase los templos-, decidieron penetrarlos y no demoraron en destacarse dentro de las comunidades.
Algunos cristianos viejos pronto sospecharon de aquel crecimiento repentino de la feligresía: “Están convirtiendo la Iglesia en un sindicato”, decían, mientras otros, ingenuamente, creían que se trataba de un renacimiento espontáneo del fervor popular y los párrocos en general aceptaban de buen grado el arribo de estos conversos, tan dispuestos a colaborar en las tareas de evangelización. Puesto que la Iglesia no le cierra sus puertas a nadie, la misión se les hizo fácil. Se suponía que los Obispos estaban enterados de esta penetración y que, en su momento, la neutralizarían. Nadie podía imaginar que estaban consintiéndola de buena gana.
Es cierto que desde fines de los años 80, muchos ciudadanos discriminados social y políticamente por el régimen, comenzaron a frecuentar los templos católicos, primero individual y luego colectivamente. Vale recordar que la primera aparición pública del Comité de Derechos Humanos presidido por Ricardo Bofill ocurrió en la iglesia de San Juan de Letrán, del Vedado y que, posteriormente, los miembros y seguidores de este CDH eran asiduos a la misa dominical de la Iglesia de La Caridad, en La Habana.
Sin embargo, la actitud del clero, lejos de ser favorable, en el mejor de los casos fue neutral y en más de una ocasión, abiertamente hostil, pues entendían que estaban causándole problemas y los expulsaban del templo, decisión que jamás se atrevieron a tomar contra las brigadas de respuesta rápida dirigidas por oficiales del DSE que literalmente ocupaban los templos de La Caridad y de la Merced, en La Habana Vieja.
Un 24 de septiembre los vi operar descarada y abusivamente contra una valiente mujer, Paula Valiente, quien, al concluir la misa, intentó decirle algo al Monseñor Sonrisas y de inmediato fue atacada por hombres y mujeres de la Porra quienes la sacaron del templo arrastrándola por todo el pasillo central, ante la mirada del Monseñor, quien se limitó a decir “Abusos en el templo no” sin moverse del atrio. Desconozco si presentó alguna queja ante la Sra. Caridad Diego, pero si lo hizo, no le hicieron caso alguno.
La reportera que cubrió la inauguración de la nueva sede del Seminario San Carlos y San Ambrosio, nos informa que el Sr. Sonrisas “agradeció en nombre de la Iglesia, tanto al Comandante como al compañero Raúl, que esta obra haya contado hasta su conclusión con el apoyo estatal, para poder realizarla convenientemente”.
Me asombra que se haya atrevido a omitir el En Jefe. Me indigna que oportunamente olvide todas las ofensas y los daños que 50 años de ateísmo duro le han infligido tanto a la Iglesia como a los fieles que no negaron su fe en las infernales planillas y entrevistas, a sabiendas que serían excluidos y marginados sin piedad ni pudor.
El Sr. Sonrisas sabe bien que no puede hablar en nombre de tantos humillados y ofendidos, puesto que ha hecho, aquí y ahora, su opción por los poderosos.
En vez del viril y apostólico grito de ¡Viva Cristo Rey! con el que enfrentaron a los fusiles tantos jóvenes católicos, el Monseñor Ortega prefiere susurrar con dulzura frente a la cámara: ¡Viva Castro Rey!.