agosto 26, 2009

PASTORES POR LA MUERTE

Por: José Alberto Álvarez Bravo. *
Al definirse como pastores, algunos líderes religiosos nos asignan a los demás el papel de mansas ovejas de sus rebaños particulares.
Así encontramos algunos de estos pastores que pretenden –y con frecuencia logran- la masiva prosternación del rebaño durante sus actos litúrgicos, no siempre investidos de probada sacralidad.
Tal vez influido por juveniles lecturas de obras de corte anticlerical, -en particular las facturadas por el portugués Eca de Queiroz- en alguna rendija del subconsciente se me enquistó la frase de que “el hábito no hace al monje”.
Reiterados escándalos de pedofilia y otras corrupciones, protagonizados por “ministros de Dios”, han resecado mi ya famélica devoción por los actos “divinos”, organizados por quienes, bajo las vestiduras talares, cargan un cuerpo muy humano.
En otro orden de cosas, no es esa mi situación, pero aunque quisiera, no podría de ninguna manera cambiar mi realidad, cambiar lo que “soy”.
¿Qué soy? Entre otras cosas, un viejo que en mi país pasa como blanco –sin un átomo de racista-, agnóstico por convicción y de nacimiento, cubano por quinta generación, etc.
Para disminuir el tedio excesivo de quien leyera estas líneas, resumiré lo que no soy, para abreviar.
No soy un negro afro norteamericano, no milito en ninguna denominación religiosa, no soy pastor de nadie, aunque tampoco soy oveja.
Todos estos no soy me impiden pertenecer a las Caravanas de los Pastores por la Paz.
Pero mi agnosticismo militante no me impide darle gracias a Dios por haberme exonerado del “honor” de ser uno de esos pastores ¿por la paz?
Sí, por la paz. Si alguien tiene dudas sobre la pacifica vocación de la tropa de Míster Lucius, le pido analizar -sin apasionamiento- el significado del apoyo irrestricto de nuestros inclaudicables pastores a la gerontocracia caribeña.
Lo primero que se necesita es dejar bien claro cuál es el concepto de paz que defienden estos “valientes” misioneros.
Sin ningún género de dudas, la fuente de inspiración de su concepto de paz, debe ser nada menos que la suprema expresión del Réquiem: requiescant in pace.
Antes de objetarme, piense Usted si puede haber un lugar más apacible que los cementerios. No puede haber discusión en que la más genuina equivalencia a la paz, sea la muerte, mejor aceptada cuando el muerto lo pone el prójimo.
Cuanto más ajenos a nuestra familia son los muertos, mayor es la resignación con que aceptamos tan inevitable designio divino. Cest la vie.
Esta inapreciable conformidad les ha permitido a nuestros cíclicos invasores del protestantismo unidireccional aceptar la muerte “accidental” de los niños del remolcador 13 de marzo como un castigo divino que recae sobre la conciencia del “imperialismo”.
Estas convicciones de los inquietos muchachos del reverendo Lucius, les ha permitido aligerar la conciencia al apoyar –tácitamente- el fusilamiento de los tres jóvenes de la Lancha "Baraguá", el hundimiento del Yate "Río Canímar", el derribo de las avionetas civiles de Hermanos al Rescate, la pérdida de miles de vidas en el Estrecho de la Muerte, y otros innumerables sucesos que ellos ignoran por aquello de que “no hay peor bruto que el que no quiere saber”.
Al disentir con la política oficial de su país, a estas personas les correspondería más estar en identidad con los disidentes cubanos de ambas orillas; pero si así fuera, entonces no tendrían derecho a ostentar su nombre. Entonces el título de este texto no tendría sentido.
*Periodista independiente cubano.