septiembre 23, 2008

El mártir de la Caridad.

Por: Julio Estorino .
Tenía 17 años y se llamaba Arnaldo Socorro Sánchez. Había nacido en Unión de Reyes, un pequeño pueblo de los llanos matanceros y desde hacía cinco años vivía en La Habana, adonde la familia se había mudado en busca de mejores horizontes. Apuesto, de mirada clara y honda, el muchacho vivía la hermosa fe de los humildes. Era miembro de la Juventud Obrera Católica y, a la par que trabajaba para ayudar a la economía familiar, estudiaba, gracias a una beca, en la Escuela Electromecánica del Colegio de Belén.
Sus padres, Gregorio y Carlota, habían sabido inculcarle los valores firmes de los que, siendo muy pobres, son, a la vez, muy íntegros. –“Voy al cine” le dijo a la madre para no preocuparla, aquel domingo 10 de septiembre de 1961.
Pero no fue al cine. Fue a la iglesia de La Caridad, en el corazón de La Habana, desde donde debía partir aquella tarde una procesión con la imagen de la Virgen patrona de los cubanos… una procesión con ribetes singulares.
Corrían días de severas confrontaciones entre la dictadura castrista y la Iglesia Católica. La persecución religiosa no conocía las púdicas sutilezas que vendrían después y los obispos de aquella época advertían visionariamente sobre los avances del marxismo, encarnando las más legítimas aspiraciones de un creciente sector de la población que, desengañado del fidelismo, trataba de detener el total despojo de la nación cubana.
Destruidas todas las instituciones del país y controlados por el gobierno todos los medios de difusión, la Iglesia se había convertido en el último reducto de la libertad, como si ésta regresara totalmente a su origen, Dios.
En tales circunstancias, aquella no podía ser una procesión cualquiera. Inevitablemente, la fe se identificaba con el rechazo al sistema ateo que se imponía en Cuba a sangre y fuego y tanto el gobierno como el pueblo sabían que la manifestación religiosa sería también un termómetro de los sentimientos populares respecto al régimen que, aparentemente, temía no salir muy bien de la prueba.
A eso de las dos de la tarde el templo y sus alrededores reventaban de público, cuando el entonces Obispo Auxiliar de La Habana, Monseñor Eduardo Boza Masvidal, que era también párroco de La Caridad, anunció que el gobierno había retirado el permiso para la procesión y, previendo un inevitable enfrentamiento, pidió a los fieles que regresaran a sus hogares. Los fieles, sin embargo, no se fueron. Tal vez entendían que, en aquellos momentos, la casa de la Madre era el único hogar.
Eduardo de la Fuente estaba allí, junto al muchacho a quien no conocía, y nos lo cuenta: …”la situación estaba caliente… los milicianos nos rodeaban y comunistas vestidos de civil trataban de infiltrarse entre los católicos… nosotros tratábamos de mantener la calma sin renunciar a nuestros derechos… El tiempo transcurría y la multitud crecía… Vi allí a un militar que se arrancó sus galones y entró a la iglesia a rezar… Un ómnibus se detuvo frente al templo y el chofer dijo a los pasajeros: “Señores, todos somos cubanos. Vamos a la procesión”… Todos se bajaron dando vivas a Cristo Rey… Un negro se enfrentaba a un miliciano y le gritaba: “¡Mátame, maric… que yo quiero ser el primero en caer, para que no se diga que los negros somos ñángaras!”…
-“Comenzaba a oscurecer –sigue contando Eduardo de la Fuente- y la tensión se hacía inaguantable. Aquel muchacho, Arnaldo Socorro, se hizo de un cuadro de la Virgen de la Caridad y lo elevó en sus manos… lo seguimos, pretendimos salir hacia la calle Reina, pero los castristas nos repelieron a puro golpe… regresamos y nos reagrupamos. En una esquina de la iglesia, un hombre fuerte, de pull-over y pantalón verdeolivo, portando una metralleta checa, abrió fuego…
-“Arnaldo cayó al suelo manando abundante sangre… lo recogimos y corrimos con él. En un automóvil lo llevamos a la Casa de Socorros de Corrales, donde lo dejamos… Se tomó la decisión de que la procesión continuaría, porque ya entonces nos comprometía la sangre de aquel muchacho… Partimos nuevamente… En el Prado nos echaron encima los camiones militares y ya por el Capitolio se atrincheraron y comenzaron a disparar… Milagrosamente no hubo más muertos… Regresamos a la iglesia con el cuadro de la Virgen que Arnaldo había enarbolado”…
Eduardo de la Fuente se conmueve todavía ante el recuerdo de aquel día. Y se indigna todavía al recordar lo que vino después: el gobierno se apropió del cadáver de Arnaldo, el joven militante de la Acción Católica. Sus medios de prensa dijeron que se trataba de un joven revolucionario que había tratado de detener la manifestación de los “esbirros con sotana” y que había sido asesinado desde el interior de la iglesia por el padre Agnelio Blanco, quien, a la sazón, se encontraba en Isla de Pinos. Al tratar de protestar, los familiares del mártir fueron tajantemente advertidos: -“El muerto es de ustedes, pero el entierro es nuestro”. Y así fue. Le rindieron honores de combatiente caído en combate y un dirigente comunista, Jesús Soto, despidió el duelo con un encendido discurso revolucionario cuajado de falsedades.
Aquel joven cubano fue despojado no solamente de su vida, sino también de su identidad católica. La verdad se supo, de boca en boca, y Cuba se estremeció de dolor. Siete días más tarde el obispo Boza Masvidal y 130 sacerdotes más, serían expulsados de la isla a punta de fusil. Ahora, tantos años después, es justo que esa verdad se divulgue ampliamente y que la memoria de aquel joven católico que ofrendó su vida a los pies de la Santísima Virgen María de la Caridad del Cobre, en testimonio de fe y de amor patrio, sea debidamente desagraviada. En estos días en que honramos de forma especial a la Virgen Mambisa, Arnaldo estará también, sin duda, orando por Cuba.
Foto: Arnaldo Socorro Sánchez, el mártir de la Caridad.
Fuente: Palabra Cubana.