agosto 27, 2008

El Consejo de Iglesias de Cuba. Entre el compromiso y la incoherencia

Por: Argelio M. Guerra Aliaga
“Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ella tienen autoridad son llamados bienhechores; más no así vosotros, sino sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige, como el que sirve” Lc 22. 25,26
No conozco a ese hombre”, con esta lamentable negación de Pedro, al ser interpelado sobre su cercanía con Jesús, quedaba acuñada, como en otras tantas ocasiones del relato evangélico, la debilidad que padecemos como iglesia de Jesucristo y la para nada despreciable distancia entre lo que decimos hacer y lo que realmente hacemos. No es menos cierto que el inacabado estado de perfección en que nos encontramos y las complejidades de nuestra naturaleza humana inspiran compasión y comprensión, pero sería bueno recordar a la iglesia y sus líderes que buena parte del éxito de la misión encomendada como discípulos exige de nosotros coherencia y fidelidad a las directrices de Jesús, válidas tanto para el siglo primero como para el veintiuno, así como responsabilidad y decisión ante los no pocos riesgos y tropiezos que tal empeño conlleva.
Apenas dos años transcurridos desde que comencé a desarrollar la que sería mi tesis de grado en estudios superiores bíblicos y teológicos, el más reciente encuentro entre directivos del Consejo de Iglesias de Cuba (CIC) y representantes de sus iglesias miembros con el presidente del parlamento cubano para conocer los últimos detalles del amañado proceso judicial seguido a los cinco cubanos prisioneros en los Estados Unidos y exigir su liberación, me han hecho recordar aquellas intensas jornadas de investigación y volver a echar una nueva hojeada a los apuntes y resúmenes de documentos consultados referidos a la historia de la misión y la proyección teológica de la iglesia evangélica en Cuba.
En el marco del encuentro que reunió a líderes e iglesias del CIC para considerar la Perspectiva y Misión del Movimiento Ecuménico Cubano, celebrado en la ciudad de Cárdenas durante el año 2001, entre otras cosas se señalaba la necesidad de una mayor coherencia en la práctica evangélica en el sentido de que “la misión de nuestra iglesia tiene que considerar a los excluidos de nuestra sociedad, pues aunque se nos diga que no existen, si existe un estrato de exclusión” (1). La crisis en la elaboración teológica y la desajustada proyección social de la iglesia provocaba un llamado a que si ésta “…ha de servir con fidelidad a la Palabra de Dios, debe tomar muy en serio su función profética y denunciar aquellas cosas que distorsionan la vida humana y los propósitos del Reino de Dios dentro de la iglesia o en la sociedad en que se desarrolla (…). Comprometámonos a hacer una teología de compromiso de fe y solidaridad con aquel o aquella que camina a nuestro lado, comprometámonos a una praxis cristiana autentica y a una acción más profunda…” (2).
Ya desde los años ochenta del pasado siglo se venia alertando acerca del peligro de que “…la iglesia puede cometer el error de ceder ante las tentaciones que desvíen el verdadero papel que Dios le tiene asignado al contestar los desafíos que la sociedad le presenta. Reducir la fe a una conquista de los valores materiales necesarios, o a un esfuerzo por legitimar el orden social existente, son errores que se pueden cometer en todo tiempo. De ahí que se imponga la necesidad de apreciar con entera claridad cuál ha de ser el papel de la comunidad cristiana a fin de ser luz y sal en el medio en que Dios la ha colocado” (3).
Las anteriores citas constituyen una breve muestra del andar de la iglesia cubana en el llamado periodo revolucionario (4), y que durante todos estos años la inconsecuencia de sus directivos y líderes han ignorado las voces levantadas en reclamo a despojarse de prejuicios y ataduras que le impiden concebirse como una iglesia del pueblo y para el pueblo.
En cuanto al motivo de este breve comentario, si bien es válido exigir la liberación y el respeto a los derechos humanos de los cinco cubanos presos en cárceles de los Estados Unidos; igualmente como cristianos, y he aquí la condición sine qua non mandataria de todos nuestros actos y conductas que debería distinguirnos cualesquiera fuesen las circunstancias, es legítimo el anhelo de liberación y el reconocimiento a los derechos de todos aquellos que por razones de conciencia padecen en nuestra isla, pues para servicio de la humanidad toda ha sido escogida la comunidad de fieles y frágiles seguidores que es la iglesia, cuya única norma de práctica y fe debieran ser las Sagradas Escrituras, las que nos recuerdan entre nuestros deberes “Acordaos de los presos, como si estuvierais presos juntamente con ellos” (Heb 13.3).
Muchos son los males y fracturas sociales que padecemos como nación, ahora también en nuestro escenario, como si fueran pocas nuestras pesadas cargas, la desatinada presentación y promoción del vicio de la homosexualidad como algo "normal" y connatural a la condición humana e intrínsecamente "inofensivo" a la sociedad. Es en medio de este mundo en tinieblas que la iglesia esta llamada a ser luz y a mantener el cuidado de "no llamar a lo malo bueno y a lo bueno malo" (Is 5.20).
Cuba y su pueblo necesitan una iglesia orientadora con iniciativas y alternativas frente al convulso panorama interno y externo que nos envuelve, pero ¿cómo puede ser capaz la iglesia de dar un testimonio profético si se identifica completamente con la ideología y la política del gobierno? Se corre el riesgo de sacralizar la realidad política y pensar que el Reino de Dios puede ser agotado en la construcción de la sociedad socialista, lo que peligrosamente conduciría a un estado patológico de cauterización de la conciencia moral, que es lo que parece sugerir la reflexión teológica y el peregrinar de la iglesia "protestante" que vive en Cuba.
Vale aclarar aquí que no está la iglesia para subvertir orden constitucional alguno, lo cual es contrario a su misión y sería inadmisible que sea manipulada como instrumento para tales intereses, pero sí le es legítima la misión de trabajar en la búsqueda del Reino de Dios y su justicia (Mt 6.33), y en este sentido es oportuno, en aras de evitar confusiones, escuchar la voz del padre de nuestra nacionalidad al precisar que "la iglesia sólo espera del trono que remueva todo obstáculo civil que pueda oponerse a tan elevados fines: mas no depende del trono el que los consiga, antes al contrario, a veces para conseguirlo se ve la iglesia en la dura necesidad de oponerse al trono, para corregir sus demasías (...) no quiero privar a la iglesia de la protección que debe recibir, pero sí quiero sacarla de una esclavitud en que no debe estar, haciéndola juguete del trono, sólo por suponer que le debe su existencia" (5). Debería la iglesia tomar en buena estima aquella lección de que ningún gobierno es tan bueno como para compararse con el Reino de Dios, ni tan malo como para detener su avance en el curso de la historia.
Así como hace un año concluía en la tesis de mi investigación, ética y liberación son las dos condiciones que todavía necesitan el Consejo de Iglesias y el Movimiento Ecuménico para insertarse en nuestro medio, tal como Emmanuel en medio de su pueblo (Mt 1.23), y sentirse cercana y sentirnos cercanos. De ello depende la salud del cuerpo del Crucificado, de la nación y de movernos cada vez con mayor decisión y prontitud de la incoherencia a la fidelidad con aquel que es Hijo y Palabra de Dios.
(1) Y me seréis testigos. Un acercamiento a la evangelización y la misión desde Cuba. Edit. CECIC 2004.
(2) Revista Caminos No. 37-38. 2005.
(3) La herencia misionera en Cuba. Edit. DEI. Costa Rica 1986.
(4) Junto al período colonial y republicano son las tres etapas históricas en las que se adentra la investigación docente para el estudio de la misión de la iglesia y la teología cubana.
(5) F. Varela. Cartas a Elpidio. Tomo II. Carta Segunda. Edit. Cubana 1998.
Fuente: Desde Cuba, 22 julio 2008