enero 15, 2007

Jesús, ¿Socialista?

Por: Julio M. Shiling.
La más fulgurante de las estrellas marcó, hace más de dos siglos, el camino que los Sabios Místicos del Oriente trazarían, en busca del recién nacido Niño Redentor. Hoy guiados por la oscuridad, personajes con almas opacas buscan también al Señor. Estos no vienen en aras de adorarlo. Como tratando de cumplir las frustradas órdenes de Tiberio, estos sucesores modernos de la tiranía romana y pagana, acentúan una falsa adhesión cristiana y pretenden tender una compatibilidad con el socialismo. Tarea plausible sólo para el ignorante o malhechor.
Conocido son ya las cuestionables alusiones intentando fusionar, moralmente, el socialismo con el cristianismo. Que la base filosófica del socialismo sea atea y antirreligiosa, no ha intimidado a sus proponentes. La contradicción metafísica que esto presenta, en un mundo sin prejuicios ideológicos no se contemplaría, por su inverosímil dad, ni un instante. Una herejía se le podría llamar. Sin embargo, no sólo sectores elitistas han hecho semejante equiparación. La tergiversación casada con la descontextualización, al servicio de agendas políticas, ha trasladado la temática al terreno popular. Nada de esto hubiera sido posible de no ser por tres factores: el reconocimiento por socialistas de la utilidad de la religión para sus propósitos, la colaboración de un clérigo cooperante y el Concilio Vaticano II.
Jean Jacques Rousseau, el autor intelectual del totalitarismo como modelo operativo y el socialismo como concepto, confeccionó la noción de que el hombre es “perfecto”, pero contaminado por el orden existente i. e., religión, familia, propiedad privada, etc. La tesis rompió con la noción del Pecado Original y su imputación de lo falible del hombre. Ahí empezó el formulario ideológico que dio licencia a la ingeniería social que tantas vidas humanas ha eliminado. La religión, aunque algo que Rousseau detestaba, ocuparía en su planteamiento, un útil mecanismo para la propagación de su teoría. El coreografiar un paralelismo entre la agenda socialista y la doctrina cristiana, requeriría la formulación de una “iglesia” manipulable y la complicidad anticristo de clérigos afines. El papel fructífero que una religión dócil pudiera jugar fue astutamente previsto por los arquitectos del socialismo.
Claude-Henri Saint-Simon y su asistente Auguste Comte, el padre del positivismo, coincidieron con el prisma de que la religión sería un conveniente mecanismo para promover los cambios sociales radicales, que requiere la aventura hacia el nirvana colectivista (Comte y su positivismo hasta pregonaron una religión “humanista”, simulando integralmente la estructura de la Iglesia católica, con “obispos humanistas”, etc.). La revolución francesa, esa monstruosa aventura que eliminó más de medio millón de vidas, instauró una “iglesia nacional” que, mientras la guillotina jacobina por un lado descabezaba cuerpos del clérigo creyente, la “oficial” aplaudía bajo la mirada sonriente del socialista Francois-Noel Babeuf (alias Gracchus). Estas pantomimas no tenían nada que ver con Cristo. Tampoco las contemporáneas. Hoy la dictadura comunista en China, pese a su capitalismo concesionario, preserva aún “iglesias oficiales”.
El clérigo cooperante, el segundo factor, contiene dos subdivisiones de colaboradores: directo y tácitos. El directo no esfuma su apoyo (pacífico o violento) al proceso. Lo mismo puede pertenecer a la directriz del régimen opresor, como activamente pertenecer a movimientos subversivos. El tácito mantiene furtiva la motivación de su sumisión. Estos parecen haber olvidado la intolerancia de Jesús frente al mal y su personificación.
Desde la ensangrentada Cuba castrista, un Monseñor de Céspedes vergonzosamente vincula a Jesús, a la “ética” y “sensibilidad social” de un asesino en masa como Fidel Castro. El Cardenal Ortega, el Reverendo Ebanks, y el Pastor(a) Rhode González, condenablemente, le piden a Dios por la recuperación del malévolo torturador y, hasta en ciertos casos, ofrecen repugnante loas al sátrapa moribundo mismo. Esta obscena cobardía, traiciona los principios que Jesús practicó. Enfrentado a la maquinaria dictatorial de los romanos y sus cómplices no-romanos, el Hijo de Dios no quebró la dignidad que Su papel requería. Vasta diferencia a estos que por una migaja que el opresor les da, se convierten en silentes secuaces del régimen.
La aprobación del Concilio Vaticano II (tercer factor) allanó el camino, para que dentro de las filas eclesiásticas ciertos elementos sediciosos, mal interpretaran y peor aplicaran, la palabra de Dios. Rompiendo con la distinguida tradición de condenar la secta socialista más radical, el comunismo, que impartieron seis papas (León XIII, Pío X, Benedicto XV, Pío XI, Pío III, y Juan XXIII), el Concilio Vaticano II galvanizó a una minoría facciosa que resultaron más devotos de dogmas políticos que de Cristo. La desmesurada Conferencia Episcopal Latinoamericana de Medellín oficializó la fraticida “Teología de Liberación” y “teologías tercermundistas”. Esta malévola corriente seudo-religiosa promovió el terror por todo un continente. El fundamentalismo igualitario que ostentaban, y la sangre que reclamaban, obedecían a premisas socialistas, no doctrina religiosa.
Carlos Marx, el guru más influyente del socialismo, ingenió “científicamente” la fórmula que seguir. El comunismo, la secta más radical del socialismo, sería el final de la “historia”. El arribó a la era del “nuevo hombre”. Para “construirlo” ha costado más de 100 millones de víctimas y según los aficionados del marxismo, todavía está por construirse. Curiosamente este sistema netamente ateo, edificó una seudo-religión donde Marx ha sido su “dios”, el Partido la “iglesia”, y Lenin, Mao, y Castro sus “profetas”. Sí ha estado en congruencia con Rousseau, Saint-Simon, Gracchus, Fourier, Blanqui, Sant Just, y la comparsa socialista. Pero no con Cristo o el cristianismo.
Comunitarianismo no es sinónimo de comunismo, ni socialismo. La vida en comunidad no va acompañada por la necesidad de implantar una contracultura para “fabricar” un “nuevo hombre”. Ese atributo le corresponde a Dios. El acto voluntario de compartir es muy diferente al forzoso saqueó de lo personal. La supresión del individuo va contra todo lo que Jesús vino a hacer. Y va más allá. Viola intrínsicamente los objetivos de nuestra estadía humana. Despedaza el concepto de la primacía y los propósitos del orden sobrenatural, e incrusta, preponderantemente, en la Tierra lo de Cesar.
Con la espada de la descontextualización, temas como la “pobreza” han sido demagógicamente explotados. La peor pobreza, nos comunicó Jesús, es la espiritual. Lo material y la obsesión que engendra, entre los socialistas, los ciega a entender la precondicionalidad que el Padre le dio a la libertad. En ningún lugar Jesús pregonó apoderarse de los medios productivos, ni siquiera para alimentar a un hambriento. Si bien la ofuscación puede perturbar el camino a la vida eterna, lo es, no por una calidad negativa, sino por la tentación de desatender lo trascendental. Una “lucha de clases” jamás apareció en el vocablo de Cristo. La lucha y diferenciación la hizo el Padre entre el bien y el mal. Esa desavenencia no se modula por clase social.
Por mucho que el proyecto socialista quiera adueñarse de Dios, su dramática trasgresión en el realmo de la libertad y el sagrado propósito divino, se lo impide. Nos enseñó el Maestro que todo acto virtuoso, para ser meritorio, requiere el ejercicio del libre albedrío. Algo que los ingenieros sociales utópicos del socialismo no pueden resistir en obstruir, sin embargo, Jesús, aún siendo quien era, supo respetar. El inquebrantable historial ateísta que el socialismo, en su bagaje, posee obstaculiza racionalmente, más aún, su Jihad semántico. El inevitable veredicto de su incompatibilidad con Cristo o la religión que se fundó en Su nombre, quedó cementado cuando sustituyendo lo sobrenatural por un naturalismo materialista y antirreligioso, han cometido los más atroces crímenes. Abanderados falsos de un igualitarismo hipócrita que han ofrecido, ante su “altar” pagano, los cadáveres de millones.
Si los socialistas pensaron que sólo los pobres irían al Cielo (y eso fuera cierto), pudieran argumentar que hicieron una obra evangelizadora. Sin embargo, ni la intención del socialismo ha sido salvar almas, ni la vida eterna es exclusiva para los proletariados. Pese a la maniobra conscientizada de manipular la religión, de un clérigo sumiso y colaborador y un equivocado Concilio Vaticano II, el convencernos de que una teoría socio-política, atea y simplista que lo explica todo con un raciocinio económico, pueda ser concomitante con Jesús es no conocer las enseñanzas de Cristo, no entender el socialismo, o ser un olímpico descarado.
PatriadeMarti

1 comentario:

Tomas dijo...

Jesus a socialist? HA! That's the dumbest thing I've ever heard. Socialism, in the past century, has murdered hundreds of millions of humans for the common good. Not only did Jesus NEVER kill anyone, it's common knowledge he's been saving people for better than 2000 years. Socialist rulers like Fidel try to act like God but always end up behaving like the devil.